Un año guiando nuestros pasos

Me pilló en unas jornadas de sostenimiento de la Iglesia de la Conferencia Episcopal en Madrid. Íbamos en el autobús cuando la fumata blanca anunciaba el «Habemus Papam». En medio de la visita programada para esa tarde nadie quería separarse del teléfono móvil esperando a que la logia vaticana desvelara el rostro y el nombre del sucesor de Pedro. El grupo entró en la colegiata de san Isidro Labrador y Andrés, del equipo de medios de Santiago, y yo nos quedamos en la entrada siguiendo el minuto a minuto desde mi móvil y radiando la retransmisión a todo el que entraba y salía del templo. «¡Prevost!», «¡americano!», «¡es religioso!», «¡es misionero!». La información que nos iba llegando nos emocionaba cada vez más.

Y antes de aparecer ante el mundo el cardenal agustino hacía una clara declaración de intenciones indicándonos por dónde irían las líneas de su pontificado tan solo al desvelar su nombre: León XIV. Sus primeras palabras hablaban de paz: «También yo quisiera que este saludo de paz entrara en sus corazones, llegara a sus familias, a todas las personas, dondequiera que estén, a todos los pueblos, a toda la tierra. ¡La paz esté con ustedes! Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante». Y por completo conquistó mi corazón al hablar en español. No por oírlo en mi lengua materna y saber que tendría la suerte de escucharlo muchas veces más durante todo su pontificado, sino porque lo hacía para dirigirse al pueblo del que fue pastor, a su querida Diócesis de Chiclayo en Perú. ¡Qué cantidad de información nos brindó en tan solo unos minutos!

Hoy se cumple un año de su elección y vuelven a resonar en mi corazón aquellas palabras: «Queremos ser una Iglesia sinodal, una Iglesia que camina, una Iglesia que busca siempre la paz, que busca siempre la caridad, que busca siempre estar cerca especialmente de aquellos que sufren».

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