Esta semana se nos ha colado un nuevo concepto en la jerga política y por ende social: «prioridad nacional», que tiene matices en su significado dependiendo de quién lo utilice y del interés que con él se quiera conseguir, claro. Hace ya tiempo que los políticos se olvidaron del pilar fundamental que debe sostener su quehacer: el bien común. Ya que cada vez más «se gobierna» para los pequeños grupúsculos, «para los míos», abriendo más y más la brecha que separa ideologías, o mejor dicho identidad de partido, porque de ideologías políticas queda ya poco, nadie es quien verdaderamente dice ser…
Y mientras en España el tema de conversación está en quién tiene más derechos fundamentales, nosotros venimos esta semana a hablarles de donación, de generosidad, de entrega, de amor. Porque esta semana hablamos de donación de órganos, y que no vaya nadie a rasgarse las vestiduras, porque no puede ser este un tema más cristiano, ya que aquí se pone de manifiesto el amor absolutamente desinteresado por el prójimo. Ayudar a alguien que no conocerás, que no podrá agradecerte; no hay beneficio ninguno más que la propia dicha de amar. Bueno, quizá sí exista un «beneficio», el sosiego de saber que la muerte de un ser querido ha podido salvar, en muchas ocasiones, varias vidas.
A quienes se plantean si hay seres humanos que deben tener más derechos que otros les lanzo esta pregunta: ¿Qué pasaría si la vida de aquel que desprecias pudiera salvar la tuya? ¿Renunciarías al corazón de otra persona por su raza o nacionalidad de origen para salvar la vida de tu hijo? Ya les digo yo que no. También les digo que no me atrevería a formular la pregunta a la inversa.