Doble moral

Este verano, escuché a Monseñor Argüello hablar de la doble moral en la Iglesia. Aclaraba que no hablaba de doble vida de las personas individualmente, sino de doble moral de la institución. Y claro, la primera conclusión fue que una institución como tal no es nada sin las personas que formamos parte de ella.

La doble moral aparece cuando queremos que nuestro discurso cristiano diga al mundo una cosa, pero nuestras decisiones como institución (diócesis, parroquias, asociaciones, entidades o movimientos cristianos) cuentan otra. ¿Somos cristianos «de foto», de ese instante en el que todo queda bonito, o cristianos «de vídeo», capaces de construir historia con nuestros hechos?

Hablamos de cuidar la casa común, pero compramos, acumulamos y tiramos sin preguntarnos nada.

Recordamos que Jesús dijo: «Fui forastero y me acogisteis», pero quizá nos resulta más fácil «acoger» cuando el forastero está lejos de nuestra casa, de nuestro barrio o de nuestras comodidades. Queremos una Iglesia de puertas abiertas, pero a veces ponemos rejas o prejuicios en nuestras parroquias, creando distancia que dificulta la entrada de quien busca acogida, escucha o una oportunidad.

También hablamos de paz, mientras el dinero en nuestras instituciones puede estar depositado en entidades cuyas inversiones contribuyen a financiar industrias relacionadas con conflictos bélicos. Promovemos una Iglesia unida por el trabajo decente, pero, ¿cómo tratamos a los trabajadores de la propia institución? Defendemos la vida, pero ¿valoramos por igual todas las vidas?

¿Nos hemos planteado esa doble moral? Esta realidad no se combate señalando al otro, sino con un examen de conciencia.

Quizá la pregunta incómoda que necesitamos no sea qué decimos, sino qué estamos haciendo.

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