Hace unos días se ha celebrado el Día Mundial de la Salud Mental y creo que, todavía hoy, sigue siendo un tema tabú dentro de la Iglesia, en referencia a los sacerdotes. Los sacerdotes, y los consagrados y consagradas son personas, con sus fortalezas, pero también con sus debilidades, miedos y momentos de fragilidad.
Supongo que la escasez de sacerdotes provoca que muchos atiendan más parroquias, celebraciones, también responsabilidades que quizás puedan asumir laicos. A esto se suman las exigencias pastorales, la presión por estar siempre disponibles y la dificultad de reconocer que, a veces, uno no puede con todo. El Papa León XIV les dijo hace poco a los sacerdotes de Roma: «Tienen permiso para hacer menos y hacerlo mejor». ¿Y si nos planteamos esta invitación en nuestra Diócesis?
También está la soledad. No me refiero a la cuestión del celibato, sino a la necesidad humana de cultivar amistades sanas, compartir preocupaciones, sentirse escuchado y contar con alguien ante quien no sea necesario mostrarse siempre fuerte. Porque acompañar a los demás no significa tener siempre las respuestas ni estar siempre bien.
Hace poco conocí la existencia de la Residencia Mosén Sol, en Castellón, que ofrece atención especializada a sacerdotes que atraviesan dificultades psicológicas y emocionales.
Quizá necesitamos una Iglesia que cuide más a quienes cuidan, o que entienda que pedir ayuda no es una falta de fe o debilidad en la vocación. La oración es fundamental, pero no sustituye la atención profesional cuando se necesita.
Si queremos sacerdotes que acompañen con esperanza, también debemos crear espacios donde puedan ser acompañados. ¿Quién cuida a quienes nos acompañan?