¡Ven, rompe las cadenas!

Pentecostés es la fiesta de la alegría de sabernos acompañados, sostenidos y amados por Aquel que renueva constantemente la vida. El Espíritu Santo continúa actuando hoy con fuerza y ternura en nuestras comunidades, familias, en nuestras parroquias, en el trabajo diario y en cada pequeño gesto de amor que llena de luz la vida cotidiana.

Cuántas veces una palabra sencilla, una oración compartida o un encuentro vivido desde la fe nos llenan de ilusión. Así actúa el Espíritu Santo: discretamente, pero llenándolo todo de vida.

Por eso Pentecostés no es solo un recuerdo, sino una experiencia viva para la Iglesia de hoy. Vemos que el Espíritu está renovando vidas, desempolvando viejas devociones, abriendo la sed de Dios de tantas personas, que no habían vuelto a las parroquias desde que recibieron los sacramentos. Ese despertar a la vida nueva es fruto del Espíritu que rompe las cadenas de la muerte.

María Inmaculada, tan contemplada y amada por santa Beatriz, es el mejor ejemplo de un corazón lleno del Espíritu: humilde, alegre y totalmente disponible a la gracia. Ella nos enseña que quien deja espacio al Espíritu descubre una alegría profunda que nada puede apagar. También en el cenáculo aprendemos a saber estar y esperar la hora del Espíritu, a confiar que es Dios quien irrumpe cuando quiere y como quiere. Solo hay que estar donde Dios sabe que nos va a encontrar, con la comunidad.

Quizá hoy solo necesitamos volver a decir con sencillez y alegría: «Ven, Espíritu Santo». Porque cuando él entra en la vida, todo se llena de luz.

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