Una Iglesia más inculturada

El 8 de abril se conmemoró el Día del Pueblo Gitano. A raíz de eso, leí unas palabras del Papa León XIV a representantes gitanos: «Sed protagonistas del cambio (…) más allá de la desconfianza o el miedo». No puedo evitar preguntarme qué estamos haciendo realmente en nuestra Iglesia, y en concreto en nuestra Diócesis.

El pueblo gitano ha estado históricamente marcado por la marginación. Pero sería demasiado fácil pensar que esa distancia es solo responsabilidad de la sociedad. También nosotros, los católicos, hemos contribuido a ella. No siempre de forma consciente, pero sí real: alejándonos, no comprendiendo su cultura o, peor aún, mirando con cierta superioridad sus expresiones de fe. Lo he visto. He escuchado burlas hacia sus cantos, incomodidad ante su forma de celebrar, distancia en nuestras parroquias. Y eso duele, porque revela una falta de comunión más profunda de lo que queremos admitir.

¿Conocemos el trabajo de nuestra Iglesia a través de la Pastoral Gitana o Cáritas en Lo Campano, Los Mateos, El Campico, San José Obrero, Espíritu Santo…? ¿Fomentamos la integración de verdad o solo superficialmente?

En el libro del Génesis, Dios dice que si encuentra en la ciudad a diez inocentes no la destruirá (cf. Gn 18, 32). Tal vez hoy esa palabra nos interpela: aprender a mirar con esperanza, a descubrir el bien que ya existe, también en quienes durante tanto tiempo hemos mantenido la distancia.

Porque el reto no es solo acercarlos a la Iglesia, sino dejarnos interpelar por ellos. Quizá el Evangelio nos pide algo más exigente: no solo acoger, sino aprender. Y entonces sí, empezar a ser una Iglesia más inculturada, «un poco más gitana».

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