Si somos sinceros, a veces nuestra fe se vuelve un poco perezosa o asustadiza. Nos da miedo complicarnos la vida y preferimos quedarnos en nuestra zona de confort. Por eso nos hace tanta falta Pentecostés. Necesitamos que el Espíritu Santo nos dé un buen empujón, nos espabile el corazón y nos vuelva a enamorar de Jesús, para que sea él, y nadie más, el centro de nuestras parroquias y de nuestras vidas.
El Espíritu no viene a dejarnos tranquilos, sino a cambiarnos las gafas con las que miramos el mundo. Nos invita a salir a la calle con los ojos y los oídos bien abiertos, atentos a los sufrimientos, las dudas y las alegrías de nuestros vecinos. Hoy más que nunca, la Iglesia tiene que ser esa casa con las puertas abiertas de par en par, cercana, compasiva y sin miedo a decir que este mundo necesita más solidaridad y ternura.
Pidamos juntos al Espíritu que nos contagie la mirada de Jesús. Una mirada limpia, que no juzga y que abraza.
No nos quedemos solo en la celebración del templo, donde el Espíritu nos llena el alma. Al terminar de leer esto, te propongo un pequeño reto para hacer vida este Pentecostés: piensa en alguien de tu entorno (ese vecino que vive solo, el compañero de trabajo agobiado o ese familiar con el que te cuesta hablar) y acércate de una manera distinta. Regálale una sonrisa sincera, escúchale sin prisa o échale una mano. Deja que el Espíritu cambie algo en ti hoy y verás cómo empieza a cambiar el mundo.