Hace unos días, un amigo me confesaba en un susurro: «Vivo cansado de fingir que todo va bien, cuando por dentro estoy lleno de dudas». No es el único. El miedo, las dudas, las inseguridades… es la epidemia invisible de nuestro tiempo; un sufrimiento silencioso que, cuando crece, hace desaparecer la alegría y apagar la vida.
Por eso, el Evangelio de esta semana nos acaricia el alma con un eco eterno: «No tengáis miedo». No es una frase hecha. Es el mismo grito de esperanza que el Papa nos regaló en su visita a España. Nos recordaba que la fe no nos quita las tormentas, pero nos da la certeza de que Dios está en la barca con cada uno de nosotros.
Sin embargo, esto nos lanza una pregunta que nos interroga a todos: si alguien a nuestro lado sufre en silencio, ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo? Quizás exigimos perfección en lugar de ofrecer refugio.
El gran reto de hoy es ser tierra de acogida. Necesitamos convertirnos en lugares seguros donde la gente pueda llegar con las defensas bajas, sin miedo a ser juzgada. La confianza en Dios no se aprende con teorías; se contagia cuando nos ayudamos unos a otros y nos descubrimos profundamente amados por Él.
Vencer el temor no es dejar de sentirlo, sino negarle el derecho a dirigir nuestra vida. Miremos de frente a nuestros temores y caminemos juntos. Al otro lado del miedo no está el vacío, sino la libertad y la vida que de verdad vale la pena.
¡Atrevámonos a confiar en Dios!