Este año el Señor me ha hecho un regalo de esos que guardaré para siempre en el corazón. Mi hija ha empezado la catequesis de Primera Comunión y tengo la suerte de ser su catequista. La suya y la de otras siete niñas a las que acompañaré estos dos años. Y no os imagináis la ilusión que me hace; preparar cada encuentro, pensar cómo hablarles de Jesús, enseñarles a rezar, intentar que descubran cuánto las quiere… Es una responsabilidad preciosa que me hace sentir infinitamente agradecida.
Pero estos días también he pensado mucho en algo: a veces damos por hecho que nuestros hijos conocerán a Jesús porque están bautizados, porque van a catequesis o porque algún día harán la Primera Comunión. Y quizá se nos olvida que la fe también se aprende en casa, en lo que decimos, en lo que hacemos; en cómo queremos, perdonamos y rezamos. Porque de poco sirve que les hablemos de Jesús una hora a la semana si después no encuentran su amor en nuestra forma de vivir.
No sé cuánto recordarán estas niñas de lo que les cuente, pero estoy convencida de que seré yo quien más aprenda de ellas, porque la inocencia y la pureza del corazón de los niños nos acercan al Señor de una manera muy especial. Estoy convencida de que somos nosotros quienes tenemos que aprender a mirar a Dios con sus ojos.
Gracias a mi parroquia, a nuestro párroco y a sus familias por confiar en mí, y al Señor, por regalarme esta oportunidad, porque la Primera Comunión no debería ser una meta, debería ser el principio de una amistad para toda la vida.