En el diccionario de la RAE la palabra señuelo presenta cinco acepciones. Me interesa mucho la tercera de ellas, en la que se define señuelo como «un ave destinada a atraer a otras». No es un espantajo o espantapájaros para atraer al halcón remontado, como define la primera acepción; tampoco es una cosa que sirve de atractivo (segunda acepción) ni es aquello que sirve para atraer, persuadir o inducir «con alguna falacia» (cuarta acepción). En algunos países de América señuelo es el grupo de mansos o cabestros que conducen al ganado (quinta y última).
Usé la palabra señuelo, en su tercera y más positiva acepción, en la presentación en mi entrada en la iglesia de Santo Domingo el pasado 24 de septiembre, porque estoy convencido de que un sacerdote o cualquier cristiano desde su propia vocación es un ave, un pájaro, que vuela en libertad para atraer a otras aves hacia la vida, hacia nuevos horizontes hasta lo más alto. Siempre alzando la mirada, como hemos cantado este verano. Eso es ser creyente, cristiano, discípulo, misionero, otro Cristo… Señuelo, señal, signo, ahí está la sacramentalidad del presbítero, del ministro ordenado, del bautizado y del confirmado. Doy gracias a Dios por los sacerdotes más jóvenes de nuestro presbiterio, por los cristianos más jóvenes de nuestras comunidades y por todos los buscadores sedientos de Dios. Unos, para otros, señuelos de Dios, sin engaño, ni espantapájaros, ni cosas, ni embustes, vidas entregadas para dar vida.
(Para Miguel Tovar)