Menudo revuelo ha provocado la nota doctrinal de los obispos sobre el papel de las emociones en el acto de fe, cuando simplemente es un llamamiento a integrarlas en una vida cristiana más amplia. De hecho, una de las palabras más pronunciadas es integrar, para poner en valor la importancia de los sentimientos en la vida espiritual.
La fe hay que vivirla con cierta pasión, con entusiasmo, no con frialdad o tibieza (Ap 3, 15-16). Por eso con la propuesta de «recuperar el corazón» muestran el otro lado del problema, el que afecta a los «gestores de la fe», a los calculadores obsesionados por la compostura y el protocolo. También a ellos va dirigida esta nota doctrinal porque después de muchos años han apagado los sentimientos que provocaron su primer encuentro con Jesús.
Tanto para un emotivismo exacerbado que pone en riesgo la propia libertad y deforma la experiencia de fe, como para los obsesionados por la ley, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y el prestigio de la Iglesia, ofrecen dos palabras clave para encontrar un equilibrio saludable: acompañar y discernir.
El acompañamiento y el discernimiento comunitario deberían ser prioridades no solo para prevenir estas situaciones sino también para alcanzar una madurez espiritual y la integralidad en la experiencia de fe.