La misión de la Iglesia nunca ha sido conseguir popularidad ni encajar en la sociedad a base de renunciar a la Verdad del Evangelio. Su misión es anunciar el amor de Dios no con discursos de poder, sino con gestos de servicio y ternura hacia los más vulnerables.
En España la Conferencia Episcopal Española ha recordado recientemente que la caridad no entiende de fronteras ni de «prioridades nacionales» y eso ha provocado unas acusaciones sobre el supuesto enriquecimiento de los obispos con el drama migratorio. Para la Iglesia, la acogida y regularización de inmigrantes no es un negocio, sino una exigencia evangélica y humana. Este mismo celo por la dignidad de la persona se manifiesta al chocar con otros partidos en cuestiones como la eutanasia y el aborto, donde la defensa de la vida se convierte en una causa de primer orden en nuestra sociedad del descarte.
León XIV ha demostrado que la diplomacia del Evangelio no es sinónimo de tibieza. Sus declaraciones en contra de la guerra y su firme intercambio de palabras con Donald Trump manifiestan que no teme a los amos de la guerra ni a las críticas sobre su debilidad política. La fuerza de los cristianos no es la fuerza que aplasta, es la fuerza de la Cruz que perdona y ama hasta el extremo.
Este compromiso con la Verdad no es exclusivo de la jerarquía eclesiástica y nos interpela directamente a los laicos. Participar en la vida pública no es solo un derecho sino también un deber. El cristiano debe habitar la política como una voz que, arraigada en el Evangelio, sea capaz de aplaudir lo justo y denunciar lo injusto, venga de donde venga, sin miedo a resultar incómodo para el poder.