La misma cruz de Arrupe

Ayer veníamos tres amigos de Alcalá de Henares, ida y vuelta en el día, para ver a un cuarto amigo común que empezó a morirse hace meses. El primer golpe fue un ictus, el segundo la constatación de unas secuelas severas, el tercero el traslado inevitable a una residencia y enfermería que la Compañía de Jesús tiene para estos casos.

Allí ha ido asumiendo la situación de extrema dependencia hasta irse reduciendo a una sombra apenas reconocible del que fue. Magnifica humanitas, dolorida, crucificada, con su dignidad intacta, imagen de Dios crucificado.

Incapaz de construir una frase, las palabras se atropellan y su boca no obedece, generando más frustración. Curiosamente las canciones sí fluyen, al menos algunos fragmentos.

Afortunadamente el deterioro cognitivo ha facilitado recuperar la paz. Recostado en su silla de ruedas olvida en ocasiones que no puede andar y busca en su muñeca un reloj que ya no lleva porque el transcurrir del tiempo se lo van marcando las profesionales amables y educadas que le indican lo que toca en cada momento: levantarse de la cama, aseo, desayuno…

Creo que pronto olvidará que ha sido jesuita, profesor, misionero, que ha vivido en medio mundo y que se llama Juan Manuel.

Y en esa casa de Alcalá que un día lejano habitó como novicio, hoy se prepara en otro «noviciado» peculiarísimo para ingresar en el orden celestial del abrazo del Padre y del encuentro con Ignacio, Javier, Borja, Gonzaga, Pedro…

Y ese Reino no tendrá fin.

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