Acaba de cumplirse un año de la muerte de Francisco y aún no se ha cumplido el aniversario de la elección de León, y los amigos de comparaciones estériles han abierto la veda –que quizá nunca estuvo cerrada–, de confrontar virtudes y defectos de uno y otro.
Cada uno de estos examinadores tiene su opinión, y probablemente la de algunos esté fundada en el conocimiento objetivo y serio de cada Papa y de su gestión en la Iglesia universal, pero no es mi caso.
Nací bajo el pontificado de Juan XXIII, cuando el Concilio apenas había sido anunciado y mi primera imagen mental de un Papa es la de Pablo VI. He tenido la enorme suerte de estudiar un poquito de Historia, otro tanto de Historia de la Iglesia, y en breve me jubilo por edad. Estas circunstancias personalísimas facilitan entender que cada época está condicionada por acontecimientos que son como los misterios del Rosario: gloriosos, gozosos, dolorosos y luminosos; y generalmente de forma simultánea en un mismo punto del planeta o en varios.
Obviamente los estilos y las formas de un polaco huérfano que a los 19 años asiste a la invasión nazi de su tierra, luego «liberada» por los soviéticos, son distintos de los de un jesuita argentino nieto de emigrantes italianos, ¿cómo podrían parecerse?
Lo que tienen en común, y no es poco, es que todos han sido los papas que la Iglesia ha necesitado en su momento, o eso pensamos los que creemos en el Espíritu Santo.