En mi facultad, como cada curso académico, hay que preparar los horarios de clase. Lo más sencillo es enviar los del curso anterior y, salvo excepciones, que se mantengan igual.
Este año me sorprendió que la mayoría de profesores solicitaran trabajar sobre horarios en blanco, evitando, de este modo, herencias que parecían inamovibles y actividades realizadas por inercia que han perdido el interés. En sus palabras, se trata de «sentirnos más libres» a la hora de proponer e introducir cambios y mejoras.
También en nuestra diócesis, el inicio de curso nos sitúa en esta encrucijada: perpetuar inercias o afrontar alguna renovación.
Hay quienes persisten en la pastoral de la rutina. Esta opción no nace de la mala voluntad, sino de la necesidad de seguridad, del agotamiento, por falta de relevo o la inercia justificada tras el «siempre se ha hecho así». El riesgo de esta postura es perpetuar modos y estructuras rígidas, iniciativas descontextualizadas y sin interés.
Frente a esta inercia que desgasta, es posible iniciar una pastoral renovada, nacida de un proceso de conversión personal y comunitaria. Se trata de apostar por una Iglesia misionera, en salida, asentada en la comunión y la corresponsabilidad. Una pastoral creativa que arriesga introduciendo nuevos lenguajes y formatos. Se rediseña la acogida en nuestras parroquias, se dan conversaciones en el espíritu para procesos de crecimiento y toma de decisiones, incluso aparecen nuevos espacios de diálogo fuera de los templos.
En nuestra diócesis, donde el reto de la sinodalidad sigue vigente, tenemos la oportunidad de elegir el horizonte sobre el que queremos construir la misión de dar a conocer a Cristo y su mensaje.
Pastoral de la rutina o renovada, tú decides.