Desde el principio

Hay días en los que me preocupo por cosas que, vistas con perspectiva, tienen muy poca importancia, la verdad: que alguien se me ha colado en la cola del supermercado, que he llegado tarde, que ya no quedaba tal cosa de mi talla, que me han quitado el aparcamiento, que se me ha olvidado comprar algo para la cena… Y no digo que esas cosas no molesten. Claro que molestan. Pero a veces me pregunto cuánto tiempo y cuánta energía les dedico.

Vivimos pendientes de lo que falta, de lo que no tenemos, de lo que no ha salido como esperábamos; y mientras tanto, se nos escapa lo que ya estaba, la vida. Nos preocupamos por no llegar tarde, pero olvidamos dar gracias por llegar acompañados. Nos preocupamos porque la comida salga bien, pero olvidamos disfrutar de quienes se sientan a la mesa con nosotros. Pensamos en el trabajo que tenemos mañana y dejamos escapar la conversación que podríamos tener hoy.

Sinceramente, creo que mientras miramos al futuro con ansiedad o al pasado con nostalgia, el presente se nos va entre las manos sin apenas darnos cuenta. A mí me pasa. Y por eso, de vez en cuando, necesito que el Señor me recuerde algo muy sencillo: que sea capaz de mirar lo que Él me ha dado hoy. No mañana. No dentro de un año. Hoy. La familia que tengo, la casa en la que vivo, la llamada que recibo, la persona que se sienta a mi lado, la fe que me sostiene.

Porque muchas veces buscamos algo más grande, más brillante o más importante, y resulta que lo verdaderamente importante ya estaba aquí. Esperándonos. Desde el principio.

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