El traspaso fronterizo que de manera masiva y descontrolada llevaron a cabo hace unas semanas miles de personas no podemos valorarlo solamente desde la emoción o como un problema de orden o seguridad. La teología moral social nos invita a poner en comunión principios básicos, que parecieran ser totalmente incompatibles.
Todo hombre tiene una dignidad inviolable, independientemente de su procedencia o situación. Sin embargo, esto no significa considerar que el orden social carezca de sentido. Los responsables públicos tienen la misión de elaborar políticas migratorias, velar por la seguridad y evitar altercados públicos, como los vividos en estas semanas en Ceuta.
También resulta inaceptable la utilización de los migrantes como instrumento político o social, pues esto va en contra del mismo principio de dignidad del que ya hemos hablado. Sería una contradicción pensar el problema simplemente desde esa dimensión, pues una persona no se puede cosificar como moneda de cambio ante ninguna circunstancia.
El Papá León XIV plantea la idea de que la paz debe ser desarmada y desarmante. Si aplicamos esto a la situación que se vive en Ceuta, debemos abandonar la indiferencia ante el sufrimiento, así como los discursos que convierten al hermano en enemigo. La respuesta cristiana necesita de verdad y caridad, acompañadas siempre de justicia, prudencia y responsabilidad. Ni levantando muros, exteriores o interiores, ni obviando los límites en los que se juega la dignidad de la persona.
Ceuta y la moral cristiana nos recuerdan que acoger con humanidad y caridad, y ordenar responsable y legalmente la inmigración no son principios contradictorios, sino exigencias del bien común.