Agujetas en el alma

En mis primeros ejercicios espirituales, pensé que iba de vacaciones espirituales. Paseando en silencio, en paz y una conexión mística inmediata. Al segundo día, silencio absoluto y horas de meditación frente al sagrario, solo sentía ganas de hablar. Harta de tanto pensar, me aburría mi propio silencio y me pesaba cada minuto. No sentía paz, sentía una profunda incomodidad. Ahí entendí que el espíritu también se entrena y que estaba sufriendo de unas severas agujetas en el alma.

Examinar la conciencia a fondo y mirar de frente mis egoísmos, eso me dolía como cien sentadillas. Desarmar afectos desordenados (el aplauso ajeno, el control y a tener siempre la razón) me generó un cansancio sagrado.

Me dolía el orgullo al callarme, me costaba mantener la mente quieta en la oración y me pesaba la resistencia a soltar mis planes para aceptar los de Dios: en tiempos de desolación e incomodidad no hacer mudanza. Había que seguir estirando el alma.

Y ocurrió el milagro del entrenamiento. El dolor punzante pasó a flexibilidad. Aprendí a reírme de mis propias miserias y a abrazar mi vulnerabilidad. Al salir de los ejercicios espirituales, descubrí que mi fe ya no se tambaleaba con el primer problema del trabajo o la primera discusión familiar. Había ganado músculo espiritual. Los ejercicios me recuerdan año tras año que mi fe exige sudar la camiseta por dentro. Al final del día, esas agujetas en el alma son la mejor señal de que voy dejando la vitrina para ser soldado, dispuesta a amarle y servirle en la vida real.

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