«Triste y en paz» son las palabras que me salen cuando me preguntan ¿cómo estás? La pérdida de mi madre ha sido esperada, sí. Y aunque el mundo te dice que es ley de vida, se te agarrota el corazón, ¡eternas tendrían que ser las madres!
No hay día que no piense en contarle, llamarla, visitarla… Me emociono con solo escribir este pequeño homenaje a mi madre; mujer de fe confiada en la voluntad del Señor, mujer que dialogaba con la Virgen como amigas de toda la vida, mujer entregada a su familia. En definitiva, una buena mujer.
Desde que hace más de año y medio sufriera un infarto grave, cada uno de sus días lo ofrecía a la voluntad de Dios: rezaba, vivía los sacramentos, dialogaba con su sacerdote y recibía encantada la Comunión semanal.
Siempre tenía una sonrisa en la cara, no había quejas ni reproches, hablaba con paz, serena y en tono dialogante para quitar hierro a los asuntos que siempre podían surgir de las cuestiones médicas y burocráticas.
Solo nos pedía poder estar en casa junto a nosotras, sus hijas y familia. Lo pasó tan mal en el hospital que no quería volver allí. Que el tiempo que le quedaba fuera en familia, siempre agradeciendo todo el esfuerzo que esa situación requería. Era consciente de las renuncias que hacíamos para los turnos y cuidados, y no dejó de transmitir en todo momento una esperanza alegre de lo buena que era la vida que nos regala Dios, de poder vivir juntos su despedida.