Hay cosas que no se entienden del todo con la cabeza. Hay que vivirlas. Basta ver estos días a la Virgen de la Fuensanta recorriendo los pueblos de nuestra Región para comprenderlo.
Las calles se llenan, los vecinos salen de sus casas, suenan los cánticos y aparecen lágrimas que nadie necesita explicar. Algunos se abren paso para acercarse a su manto; otros la miran en silencio. Los estantes bailan con ella al hombro y, por un momento, parece que todo el pueblo camina al mismo compás.
¿Es tradición? Sí. ¿Es cultura, identidad? También. Pero hay algo más. Algo que toca una parte muy honda de nosotros: la necesidad de sentirnos queridos, de saber que alguien nos mira sin juzgarnos, que nos acoge como somos y que permanece a nuestro lado cuando la vida se nos hace cuesta arriba.
El Papa Francisco lo expresó en Evangelii gaudium (125) al recordar la fe de tantas familias que se aferran a un rosario ante la enfermedad de un hijo. En esos gestos sencillos, decía, hay una vida de fe que merece ser mirada con amor, no con desprecio.
Quizá por eso necesitamos tanto que la Virgen salga de su santuario y se acerque a nuestras calles. Porque también nosotros necesitamos que Dios salga a nuestro encuentro, entre el ruido, las prisas y las preocupaciones de cada día.
No todo se puede explicar. A veces, basta una mirada, una lágrima o una mano tendida. Y quizá, cuando la Morenica llega a nuestro pueblo, recordamos algo que nunca deberíamos olvidar: no estamos hechos para caminar solos. Necesitamos una Madre que nos reúna, nos cuide y nos muestre el camino hacia su hijo Jesús.