El otro día me sorprendí midiendo el esfuerzo que hacía diariamente. Calculaba cuánto trabajaba, cuántas tareas asumía en casa y cuánto aportaba a mis amigos. Planteaba si recibía un retorno exacto de todo lo que daba y comparaba la atención recibida. Reclamaba justicia, esa cuenta matemática que destruye la convivencia.
Esa actitud refleja la sociedad que construimos, obsesionada con una justicia fría donde cada persona recibe estrictamente lo que gana. Con esa métrica no avanzamos. La justicia sola no arregla una herida ni da una segunda oportunidad. La parábola de los trabajadores de la viña cuestiona ese sistema de recompensas. Muestra a personas indignadas porque el dueño paga la misma suma al que trabajó doce horas y al que trabajó una. El evangelio te confronta y pregunta si sientes envidia porque alguien recibe un bien sin habérselo ganado.
Trasladando esta contabilidad a Dios entendemos que muchas personas se declaren ateas porque rechazan a un juez estricto que anota faltas, una imagen falsa fijada en la infancia. La parábola muestra lo contrario: un Dios que rompe la lógica de los méritos y da a cada uno según su necesidad.
Según esto, te propongo un reto para estas semanas. Cuando un compañero, amigo, pareja… cometa un error, acompaña su fallo en lugar de señalar la falta. Cuando alguien cercano te falle, acógelo sin pasarle factura. Abandona la exigencia de méritos y responde a las necesidades reales de quien tienes al lado. Menos cuentas pendientes y más compasión.