La polarización es un hecho incuestionable y una tentación grosera que nos afecta a todos. Solo hay buenos y malos, con la particularidad de que los buenos son buenísimos y los malos malísimos. Se pasa de óptimo a pésimo en un parpadeo. Y, por supuesto, los buenos son los míos (los de toda la vida) y los malos el resto.
Sin embargo, el negro y el blanco químicamente puros solo existen en el concepto. La realidad y la naturaleza se empeñan en introducir matices que van del gris marengo al blanco roto.
No propongo ningún relativismo, ni moral ni de ningún otro tipo. Creo que la verdad existe, porque existe la Verdad. Y esa verdad absoluta es propia del Absoluto, por lo que no está a mi alcance exhibirla, y menos como un estandarte. Afirmaba el Papa Benedicto XVI que la verdad se propone, no se impone; lo que, a efectos prácticos, supone trabajar con el otro para entender su punto de vista, meterme en sus zapatos, acogerlo y amarlo. En definitiva, amarlo.
Una vez amado el adversario, la propia verdad no se deteriora en absoluto. Puedo entender su error, si lo hubiera, pero eso no menoscaba mi certeza. Pero incluso si llegase a modificarse o matizarse supondría la evidencia de que la supuesta verdad era modificable y matizable.
Es tiempo de sinodalidad, de escucha paciente, de acogida, de unidad en lo fundamental, diversidad en lo accesorio y amor en todo, que decía san Agustín.