Nazaret y Jerusalén

Nos proponía la liturgia para acabar agosto el texto de la sinagoga de Nazaret. En él nos cuenta el evangelista la reacción primera de los oyentes: «Todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca». Pero cuando se niega a hacer los milagros que había hecho en Cafarnaúm, y que le habían dado fama, sus paisanos furiosos se convierten en una horda salvaje con intención de despeñarle por un barranco.

Inmediatamente viene a la imaginación la transformación del «hosanna» del Domingo de Ramos en el «crucifícalo» del Viernes Santo en Jerusalén.

También resuena en la memoria el aforismo kierkegaardiano que asegura que cualquiera podemos equivocarnos, pero la multitud se equivoca siempre. La muchedumbre es la mentira.

De ahí la indispensable libertad de pensamiento que don Emilio Lledó valora más que la libertad de expresión, y le sobran los motivos. Pero para alcanzar un cierto albedrío en nuestro pensar es indispensable el tiempo: tiempo para el estudio, la reflexión, el diálogo sereno, la oración, la contemplación…

Le pido a Dios aprender serenamente a encajar la frustración inevitable al incumplirse mis expectativas, como les ocurrió a los nazarenos que querían milagros en su pueblo, y a los jerosolimitanos que anhelaban un mesías rey libertador de Roma. Que me sirva para detenerme ante un sagrario, y arrodillado ponga mis desengaños en las manos y el corazón del Crucificado, experto en frustraciones. Que le dedique tiempo a Él y a mí, a Él conmigo.

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