Memoria, fidelidad y olvido

«Capacidad de recordar», es la primera acepción que la RAE otorga a la palabra memoria. Sin embargo, para la teología significa mucho más. La memoria es, junto a la voluntad y el entendimiento, una de las potencias del alma, como la definió san Agustín. Y aquí no solo se refería al ejercicio de recordar, sino al lugar profundo de la conciencia; un lugar en el que el ser humano está en contacto consigo mismo y con Dios.

¿Pero qué pasa si tenemos todo ese «espacio lleno»? Que no dejamos que lo verdaderamente importante lo ocupe. De esta manera cuanto más vacía esté la memoria, más pondrá el alma su memoria en Dios para que sea él quien la llene. Aquí es donde juega un papel decisivo la esperanza (esa de la que tanto hablamos el año pasado), ya que es la que puede ayudarnos a depurarla.

 Pero además de ser una potencia del alma, en la Iglesia, memoria tiene que ver también con fidelidad. Al hacer memoria, el pueblo de Dios recuerda, sabe que Dios ha establecido con él una alianza y que siempre permanece fiel a ella. Por eso, el opuesto a la memoria es el olvido, la «cesación de la memoria que se tenía», aunque también puede significar la «cesación del afecto que se tenía». Por lo que podríamos decir que quien mantiene su afecto intacto no olvida, por eso la memoria de Dios es infinita e indeleble.

A lo largo de nuestra historia, personal o comunitaria, hay momentos que nos gustaría inmortalizar en nuestra mente y en nuestro corazón para que perdurasen para siempre, y, por el contrario, quisiéramos borrar otros. Purificar nuestra memoria nos hace más libres, espiritual y emocionalmente. Eso no significa que no hayamos aprendido durante el proceso.

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