«La misión de los discípulos y de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo; una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor». Así que, según nos explica el Papa León en su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones de este año, nuestra misión es el amor. Si lo pensamos bien es tremendamente sencillo, aunque solemos complicarlo bastante.
Todo bautizado está llamado a la misión, a llevar el Evangelio a todo hombre y mujer, de cualquier raza y nación. Sin embargo, solo unos pocos valientes dejan de verdad casa, familia y tierra para dedicar por completo su vida a la misión. Personas con personalidades, carismas y vocaciones totalmente diferentes; pero con cualidades muy similares. Ya hemos dicho que son valientes, no solo por abandonar las seguridades de esta cómoda vida a las que los demás nos aferramos con fuerza, sino por integrarse en una tierra desconocida, con una cultura e idioma diferente, y anunciar la Palabra de Dios con «franqueza, fuerza y valentía», que decía el Papa Francisco. Otra de las cualidades que comparten es la humildad, conocen sus propias limitaciones y al mismo tiempo están confiados y se saben fuertes en Quien todo lo puede. También son alegres, poseen una sonrisa veraz y una mirada limpia; francos, con una sinceridad que nace de sentirse plenamente libres, sin apegos ni ataduras; y, por supuesto, profundamente espirituales. También hay algo que tienen en común: la gran mayoría prefiere pasar el resto de sus vidas en la misión, y quienes no pueden hacerlo sentirán siempre que este ya no es su lugar.
A los que no nos hemos movido de aquí tan solo se nos pide oración y colaboración económica, un mínimo esfuerzo para sostener su labor y estar unidos en la misión.