Cuando la fe se hace encuentro

Hay días que permanecen en la memoria porque, más allá de los actos celebrados, dejan una huella profunda en el corazón. Así hemos vivido en nuestra comunidad las jornadas dedicadas a san Antonio de Padua y a la visita de Virgen de la Fuensanta.

La fiesta de san Antonio reunió a fieles, amigos, familiares y vecinos en torno al altar para dar gracias por tantos dones recibidos. Mientras transcurría la celebración, nuestra mirada se dirigía al santo que, generación tras generación, sigue siendo consuelo y esperanza para innumerables personas. Cada día llegan hasta nuestro convento las peticiones de quienes confían sus alegrías, preocupaciones y necesidades a su intercesión. Presentarlas en la oración es una misión silenciosa que las hermanas realizamos con profundo cariño y que forma parte de la historia viva de esta casa.

En aquella Eucaristía estuvieron también presentes, de una manera especial, las hermanas que nos precedieron y que nos enseñaron a amar a san Antonio con sencillez y confianza. Su recuerdo hizo aún más intensa nuestra gratitud.

Y cuando la emoción de la fiesta todavía llenaba nuestros corazones, recibimos otro regalo: la visita de la Virgen de la Fuensanta durante su subida al santuario. Su presencia, aunque breve, tuvo la fuerza de los encuentros que no necesitan palabras. La esperamos como se espera a una madre y la despedimos con la certeza de sabernos acompañadas por su ternura.

Días de fe compartida, de oración y agradecimiento. Días que nos recordaron que Dios sigue haciéndose cercano a través de los santos, de María y de tantas personas que caminan junto a nosotros.

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