Jesús

Se llamaba Jesús, no por casualidad. Delgado, alto, sexagenario, discreto. Ropa gastada, como los zapatos, pero aseado. Ni rastro de alcohol ni tabaco.

Había sido un pequeño empresario con varios camiones, en Hellín, pero vinieron mal dadas: un divorcio, un hermano y una ruina. Era así, amable pero lacónico.

Se sentaba en el escalón del primer portal de la Trapería y pedía sin pedir, con elegancia: en un cestillo en el suelo recogía lo que los transeúntes le daban, y agradecía amablemente la limosna.

Sabía que le quedaba poco: «Me va a pasar como a padre, y ya se anuncia…». La última vez que lo vi arrastraba con dificultad su bolsa para un viaje al que no le hizo falta equipaje.

En contra de mi costumbre de jamás dar al que pide en la calle, le daba de vez en cuando alguna moneda y charlaba un momento con él. Una tarde que pasábamos mi mujer, mi hijo y yo fui a darle algo, busqué y rebusqué en mis bolsillos, pero había olvidado en casa mi cartera.

Entonces se reveló Jesús: se puso de pie, me ofreció dos billetes de diez euros mientras me decía: «¿Cómo vais a ir por ahí sin dinero? Ya me lo devolverás». No fue una pose. ¡Cómo me arrepiento de no haberlo cogido! Debí hacerlo por pura reciprocidad, para tratarnos de igual a igual, y no lo hice disculpándome torpemente. Su dignidad quedó bien visible, tanto como mi falta de reflejos.

Tú, bienaventurado, ruega por nosotros.

In memoriam.

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