Hace algunas semanas Paco Arango en una entrevista decía que la Iglesia se ocupa sensacionalmente bien de los que creen, pero, lamentablemente, a veces hay pocas herramientas para aquellos que no creen.
Esto me hizo pensar sobre cómo me relaciono con las personas no creyentes, reconociendo en mí algunas actitudes poco evangélicas.
Con arrogancia y falsa compasión, pensando: «Qué lejos están de Dios, no como yo que cumplo escrupulosamente con los preceptos» (Lc 18, 9-14).
En otras ocasiones, el ardor misionero apremia y me erijo como adalid de su conversión, haciéndoles caer en la cuenta de que viven en la más absoluta oscuridad y que con mi ayuda verán la luz.
Aún es peor cuando les niego el acceso aludiendo que no están capacitados espiritualmente, que necesitan aprender, mejorar; como si esto fuese una carrera de méritos y cumplimientos evaluados por un grupo de élite.
A diferencia de mí, san Carlos de Foucauld adoptó una postura de cercanía, amistad gratuita y hermandad universal, procurando una evangelización a través del humilde testimonio de su vida oculta, basada en la escucha, la comprensión, el servicio y la oración.
Entonces descubro que no se trata tanto de convertir sino de caminar juntos hacia Dios. «Estoy convencido de que el Buen Dios nos acogerá a todos si lo merecemos».