Reflexiones semanales
8 de diciembre 2019

Salvados en esperanza

II domingo de Adviento

La segunda lectura de este domingo abre el horizonte de la esperanza, como estilo de vida para un cristiano. Esto se debe a la centralidad de Cristo en nuestro corazón. Conforme vayamos progresando en la vida en Cristo, iremos tomando conciencia de lo que realmente importa, imitar a Nuestro Señor, estar sostenidos por la voluntad de Dios que ofrece la salvación a todos, tal como nos lo ha enseñado Jesús. El apóstol Pablo nos dice que el que está firme en la esperanza está seguro, pero, ¿cómo se llega a alcanzar esa esperanza? La respuesta hay que buscarla en la imitación de Cristo, siguiendo especialmente su ejemplo de fidelidad a la voluntad de Dios. Es san Pablo el que nos recomienda estar enraizados y edificados en el Señor con total fidelidad. Jesús es el que abre el horizonte de nuestra mente y nos orienta a la Palabra de Dios, a escuchar la voz del Padre, puesto que ese es el alimento que sostiene nuestra vida y nos fortalece en la esperanza.

Todos conocéis la Carta Encíclica del papa Benedicto XVI, Spe salvi, cuyo tema central es la esperanza. Allí nos dice que todos hemos sido creados con una necesidad de lo infinito, que es Dios mismo, y que por muchas esperanzas que el hombre ponga en la tierra, al final ninguna otra le satisface, sólo es capaz de darle sentido a la existencia la esperanza cristiana, porque ofrece la unión con Dios a través de Jesucristo.

El título de la encíclica está sacado de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos, “en esperanza fuimos salvados” (8, 24), y destaca como elemento distintivo de los cristianos el hecho de que tenemos futuro, de que la vida “no acaba en el vacío” (n. 2). El santo padre, consciente de la realidad en la que nos estamos moviendo y de los desencantos a los que nos está llevando este loco mundo, ha querido salir al encuentro del hombre levantando una luminosa señal en su camino, que le oriente desde la verdad, diciéndonos que la “crisis actual de la fe”, es decir, la desorientación en la que han caído muchos, el empeño de buscar soluciones fuera de Dios a lo largo de la historia, “es sobre todo una crisis de la esperanza cristiana” (n. 17). Al comienzo de la encíclica se dice: “Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (n. 3). La esperanza fiable no es, sino llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza, saber de Dios, quererle, sentirte amado y saber, con la experiencia, que “quien a Dios tiene nada le falta, que solo Dios basta” tal como lo escribiera santa Teresa de Ávila. En este tiempo de Adviento tenemos la ocasión propicia para activar la esperanza.

Este año celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, la llena de gracia, la criatura perfectamente rescatada y preservada de toda culpa de pecado original, precisamente, en el segundo domingo de Adviento. La Virgen es una figura central en este tiempo, por eso, debemos mirarla todos los días, porque es el mejor modelo de esperanza y de confianza plena en Dios. Que Ella nos ayude a permanecer fieles a Dios e interceda por nosotros.

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