Reflexiones semanales
14 de febrero 2021

Quiero, queda limpio

VI domingo del Tiempo Ordinario

En las lecturas de este domingo se nos dan las razones para entregarnos de corazón a Jesucristo, como nuestro refugio, porque cada vez que nos acercamos a Él con el peso de nuestros dolores, sufrimientos y pecados, nos recibe con la puerta abierta y nos ampara con su ternura. Así es Dios. Conviene recordar un detalle que aparece en la narración de este milagro, el cual es de una importancia grande porque nos da la clave para interpretar los signos: la curación de todo mal va siempre ligada a la fe del enfermo. Los enfermos piden la curación, porque se fían de Jesús, la gente le llevaba a sus enfermos porque conocían que Jesús los acoge y los sana: «Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4, 23-24). Jesús no se muestra indiferente ante nadie, está cercano y escucha las peticiones de todos, pero especialmente las de aquellos cuya enfermedad los había retirado de todos, las de los que estaban condenados a la soledad y a la marginación, como eran los leprosos.

La sanación es un don de Dios, es una obra de Dios, pero necesita la colaboración y la fe del que la pide y, entonces, encuentra la palabra del Señor y el regalo de la curación. Con un gesto tan sencillo ya está catequizando. Jesús, a sus oyentes, les está diciendo que esa persona no es un condenado en vida, ni ha recibido un castigo del cielo, sino que es también un hijo amado Dios, por eso lo trata con ternura. Con estos gestos les está diciendo a todos que Dios es misericordioso, que nunca se ha olvidado de sus hijos y que todos somos dignos de ser tocados con su mano y ser curados de nuestras lepras.

Pensad por un momento el sufrimiento que está pasando la humanidad con el coronavirus, los sufrimientos y soledades que nos ha traído, los miedos a contagiar o a ser contagiado, pues ahora nos podemos transportar al tiempo de Jesús para hacernos una idea de las terribles consecuencias que sufrieron aquellos leprosos sin esperanza de curación, sin medicinas, eran como “muertos” condenados a desaparecer de sus familias y de sus pueblos, penados a malvivir sin recursos, como consecuencia de esa funesta enfermedad. La patria de estas pobres personas era el destierro permanente. Nadie quería acercarse a ellos, mirad con qué libertad el Señor salta las fronteras de la ley y se acerca a este hombre y se permite poner la mano sobre su cabeza, ¡esto solo lo hace el amor de Dios!

Nos preguntamos sobre si hay lepra en nuestro tiempo, lepra que condene, excluya o “descarte” a la gente. Sí, no cierres los ojos, que también en nuestros días se condena a unos porque son inmigrantes, a los que viven sin techo, a los dependientes de las diversas adicciones, a los ancianos… A todos estos los seguimos oyendo gritar desde lejos: «¡Jesús, Hijo de David, ¡ten misericordia de mí!».

El evangelio de esta semana es duro, porque nos pone frente a un problema de desamor, pero nos enseña el modo de arreglarlo: ir a Jesús, que se acerca al leproso y lo toca en la cabeza, que escucha su clamor y le ordena que vaya al sacerdote, para que certifique su curación y pueda volver a vivir entre los suyos, recuperar su dignidad, tiene derecho a sentir la mano de Jesús en su cabeza y conocer personalmente al Señor, que derrama su misericordia en su corazón.

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