Reflexiones semanales
22 de diciembre 2019

Por aquí se camina

IV domingo de Adviento

La cuarta vela del Adviento ha comenzado a iluminar y no me estoy refiriendo al título de una película, no estoy hablando de cosas superficiales o vacías, no, hablo de las cuatro semanas de preparación para el encuentro con Jesús, con Dios nacido como un hombre y que nos trae la Salvación. Esta es la cuarta semana de preparación para un acontecimiento muy especial, como es vivir la experiencia de sentir muy cercano a Dios, que se hace niño y nos está hablando de ternura, de sencillez y de humildad. En esta cuarta semana tendremos la oportunidad de preguntarnos sobre nuestro estilo de vivir, sobre los equilibrios que hacemos para mantenernos vivos en medio de tantas presiones nihilistas, de tantas propuestas carentes de valor, con las intenciones de una apostasía silenciosa, que erosionan la fe y destruyen los pilares de nuestra vida. Espero que el Señor nos ilumine para no caer en la trampa de quedarnos en las cosas que se lleva el viento y no dar el paso a una verdadera conversión radical de vida. Todavía estamos a tiempo para ver la Luz que enciende Dios en medio de la noche, hasta llegar a la seguridad que da la fe, a preferir la certeza de la salvación eterna, a aceptar la misericordia divina que nos devuelve la confianza para trabajar por un mundo nuevo. Lo admirable es que el Señor no se va a servir de fenómenos de la naturaleza o de complejos sistemas de pensamiento, sino de la sencillez de una palabra y con la “debilidad” de un Niño.

En esta Navidad tenemos que abrir los ojos ante la nube de testigos que nos han ido enseñando el camino para ser verdaderos hijos de Dios. En la Palabra de este domingo se nos presenta el modelo de san José, hombre ejemplar, que supo vivir en silencio y en obediencia total la voluntad de Dios. San José se acogió, movido por la fe, al corazón de Dios y vivió en la esperanza y en la alegría, iluminado por la Luz del Altísimo para cuidar de Jesús. San José es el creyente ejemplar que sabe escuchar a Dios y que ha decidido ponerse a su disposición las veinticuatro horas de cada día, con serenidad, con respeto y abandonado en los brazos de Dios.

Venga, amigos, vamos a trabajar por el Reino de Dios, a encender luces, abrir puertas, entonar cánticos de alabanza y manifestar las razones de nuestra alegría en esta Navidad, porque somos hijos de Dios, esto es más importante y más bello que quedarse en lamentos y quejas. La mies es mucha y los trabajadores siguen siendo pocos, por eso conviene despertar del sueño y apreciar los valores y dones que nos regala el Señor para ser sus testigos. Necesitamos ponernos en camino, remar mar adentro, tal como nos pide el Señor, para anunciar el Evangelio; que el mundo tiene hambre de Dios, aunque lo niegue, el mundo necesita a Dios si quiere ser más humano y reconocer su verdadero rostro. Podéis estar seguros de que nos costará sacrificios, esfuerzos y persecuciones, porque a las tinieblas no le gusta la luz y nosotros no podemos renunciar a nuestra condición de testigos de la Luz, así que ya veis… por aquí se camina. Jesús nos envía a evangelizar sin miedos, que la evangelización del mundo es nuestra razón de ser Iglesia, aunque nos cueste sacrificios. Encender esta cuarta luz del Adviento es comprometerte con el Señor y sentirte enviado a decirle a todos dónde pueden encontrarse con el Señor, dónde está la fuente de la vida: en Jesús. La Iglesia recomienda recibir el sacramento de la reconciliación para recibir a Jesús en paz.

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