Reflexiones semanales
23 de julio 2017

Las parábolas del Reino de Dios

XVII domingo del Tiempo Ordinario

En el capítulo 13 del evangelio de San Mateo se recogen unas enseñanzas de Jesús que nos hablan del Reino de Dios y que exponen la fuerza de la predicación. Jesús habla de semillas y de cómo éstas se desarrollan sin el concurso del sembrador, porque ellas mismas llevan dentro la fuerza reproductora que hace extender su potencia en nuevas plantas. Pues este ejemplo es recurrente para el Señor y nos lo ofrece en varias parábolas: la parábola del sembrador; a continuación presenta la parábola del trigo y de la cizaña; y también la del grano de mostaza y la de la levadura. Con estas palabras, que insisten en la sencillez y humildad del sembrador, nos enseña la fuerza expansiva de su predicación en la tierra y ya nos está lanzando un mensaje a nosotros, llamados a predicar el Reino de Dios, para que confiemos más en la acción del Espíritu Santo, que es el que viene en ayuda de nuestra debilidad, es el que abre un horizonte de esperanza a la humanidad entera, y el que nos ayuda a pedir a Dios en la oración lo que más nos conviene.

En las lecturas de la semana pasada leíamos la parábola del sembrador donde vimos cómo Dios siembra semilla buena, pero nos advirtió de un problema cuando no estemos preparados para acogerla o no pongamos las mejores condiciones para que dé fruto, aunque la semilla que el Divino Sembrador esparce está preparada para dar el ciento por uno. Otra cosa que nos interesa saber, de lo que se desprende de la lectura de este texto, es que la fuerza vital del Evangelio es tan grande que puede llegar a todos los rincones de la tierra como sucede con la fuerza transformadora de la levadura. El mensaje de Jesús es claro y va al fondo de nuestra responsabilidad para que nos tomemos en serio la tarea de sembrar la Palabra, de anuncia el Reino y de gastarnos y desgastarnos en el anuncio de la Buena Noticia. El anuncio de los testigos consiste en dar fe de la bondad, la justicia y misericordia de Dios, que nos protege a todos con un exquisito cuidado, porque su poder es inabarcable, su poder es el principio de la justicia, dice el Libro de la Sabiduría, y no se cansa de ser paciente con cada uno de nosotros.

En esta parábola se habla de la realidad del mal que está también presente en nuestro mundo y que no ha sido cosa de Dios, sino del diablo, que es un sembrador de maldad y división en los corazones de los creyentes y, como dice San Pedro, es como un león que busca a quién devorar. San Pedro dice que la solución es resistir firmes en la fe, pero que nadie se engañe, que no cesará en su pérfida intención. Junto a la buena semilla de Cristo aparece la cizaña del enemigo, por eso debemos estar listos y atentos, porque Dios puede abrir caminos de esperanza, incluso a aquellos que se dejaron tentar del adversario, porque por encima de todo está la gracia y la fuerza de Dios, una gracia que es transformadora y puede tocar los corazones y llamar a la conversión. Tener conciencia de que somos débiles, de nuestras flaquezas y pecados, nos pone en actitud de conversión. Miremos a Cristo, sólo a Él, porque quién nos hace justos, rectos y santos es sólo Dios y el Señor tiene abierta la puerta del perdón, como dice el profeta Ezequiel: Si el malvado recapacita y se convierte de los pecados cometidos, vivirá, no morirá.

 

Feliz domingo.

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