Reflexiones semanales
4 de septiembre 2022

La verdadera sabiduría

XXIII domingo del Tiempo Ordinario

Muchos saludos a todos los que, después de un merecido descanso, aunque soportando el intenso calor estival, estáis dispuestos a vivir con intensidad la vida de fe, el cuidado de la vida interior y, naturalmente, seguir poniendo en el centro de vuestra vida a Cristo. Esto es interesante, porque la Palabra de este domingo nos da pistas para acertar en nuestras decisiones. Nosotros sabemos la importancia que tiene hacer la voluntad de Dios y lo que supone, y en este domingo podemos escuchar en la primera lectura, que para saber lo que Dios quiere de nosotros hemos de tener el don de la sabiduría, uno de los siete dones del Espíritu Santo.

Aceptar el reto de seguir a Jesús viene porque Jesús se ha hecho presente en nuestra vida de una manera singular, nos han llegado a lo más hondo de nuestro ser sus palabras y su testimonio de vida, su estilo de hacer las cosas. Jesús no ha pasado por nuestra vida y nos ha dejado indiferentes, todo lo contrario, nos ha abierto a un modo nuevo de ser, a una experiencia de donación, de entrega. La amistad con Jesús nos pide fidelidad y la fidelidad exige entrega total, hasta llegar a renunciar a todo lo que nos impida ser verdaderamente de Cristo. ¿Es esto un castigo que nos impone el Señor? De ninguna de las maneras, somos nosotros mismos los que al sopesar la grandeza del amor, del perdón, de la misericordia, de su doctrina, de su persona y estilo, hemos visto que nada le puede hacer sombra. El seguimiento de Jesús ha de valorarse como supremo bien, por eso no es de extrañar que haya que renunciar a otros bienes, nosotros mismos hemos descubierto que nada se le puede comparar. Claro, que esta decisión va a chocar con los criterios del mundo y por eso nos vendrán dificultades. Convenzámonos que, para podernos llenar de Dios, hay que vaciarse de las cosas mundanas.

La primera lectura, que presenta la oración de Salomón a Dios para pedir la sabiduría, es del todo aconsejable leerla despacio, permitiendo que cale dentro y que después, iluminados por la Palabra, nos dejemos iluminar para tomar decisiones. Esto es necesario para que no se lleve el viento nuestras buenas intenciones, hay que pedir a Dios en la intimidad de la oración: «Concédeme la sabiduría» (Sab, 9,4), porque solo con la sabiduría que te regala Dios podrás entender el esplendor de la creación y la voluntad del Creador.

Ser discípulo de Cristo es una cosa seria, como son serios dodos los proyectos que nos proponemos en la vida, pero hay que calcular muy bien lo que nos cuesta, las fuerzas que tenemos y dejarnos de fantasías, hay que pisar tierra antes de emprender esas aventuras. Nuestra garantía es ir a Jesús con sencillez, aunque reconociendo nuestra pobreza, con el único peso de nuestras cruces y no pedirle nada que no sea ser capaces de amar como Él nos ama.

Que el Señor os bendiga para vivir siempre según el espíritu de Jesús, el del amor, servicio, donación… El amor vence siempre todo temor.

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