Reflexiones semanales
23 de abril 2017

La Resurrección activa la fe de los discípulos

III domingo de Pascua

El segundo domingo de Pascua es el de la Divina Misericordia gracias a San Juan Pablo II. El Papa quería resaltar especialmente el amor y misericordia del Padre, del que hemos sido testigos siempre, en la persona de su Hijo Jesús y en la propia experiencia personal. ¿Qué creyente no vive con gozo la cercanía y el plan de salvación de Dios? Repasemos en este tiempo de Pascua el Nuevo Testamento para ver cómo Jesús, durante su vida terrena, hace de la misma misericordia uno de los temas principales de su predicación y de su relación con todos. Eligió un estilo sencillo de comunicación para que llegara a ser comprendido fácilmente, por eso enseñaba preferentemente «en parábolas», debido a que éstas expresan mejor la esencia misma de las cosas. Baste recordar la parábola del hijo pródigo o la del buen samaritano y también —como contraste— la parábola del siervo inicuo. Son muchos los pasos de las enseñanzas de Cristo que ponen de manifiesto el amor-misericordia bajo un aspecto siempre nuevo. Es genial la forma que tiene de hablar del Buen Pastor en busca de la oveja extraviada o de la mujer que barre la casa buscando la dracma perdida. El evangelista que trata con detalle estos temas en las enseñanzas de Cristo es San Lucas, cuyo Evangelio ha merecido ser llamado «el evangelio de la misericordia».

Las lecturas de este domingo son preciosas, porque la descripción que nos hacen de la extraordinaria experiencia del encuentro con el Resucitado se ve como un regalo, la razón de la alegría. El grupo de discípulos se vio fortalecido en la fe y experimentaron la gracia de reconocerse como criaturas nuevas, más unidos entre sí y con una alegría imposible de describir, pero con la necesidad de contarlo. Lean despacio el texto de la primera lectura, donde San Lucas describe el milagro del encuentro con el Resucitado, la vida de la primera comunidad de cristianos que se sienten una sola familia y viven con un solo corazón y una sola alma. En este texto aparecen con claridad las claves de vida de la comunidad creyente, que tienen tanta actualidad que nos iluminan para tomar nota y vivirlas. En primer lugar dice que los creyentes eran asiduos a las enseñanzas de los Apóstoles y se lo tomaban muy en serio; en segundo lugar, se mantenían en comunión, tenían un solo corazón y una sola alma –dice San Lucas–; en tercer lugar, participaban en la fracción del pan, en la Eucaristía diariamente; en cuarto lugar, perseveraban en la oración… Son estos los rasgos más sobresalientes de una comunidad que practicaba la caridad para que a ninguno le faltara lo necesario y, además, alababan a Dios, así se ganaron el favor de todo el pueblo.

No podemos pasar por alto un dato esencial, que Cristo no se ha ido para siempre, sino que permanece en medio de nosotros por medio del Espíritu Santo, el primer regalo del Resucitado a los creyentes. El Espíritu nos dará la fuerza y el coraje para evangelizar. Oremos frecuentemente al Espíritu y digamos: Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos… Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero…”. Dios os bendiga.

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