Reflexiones semanales
31 de marzo 2019

La misericordia entrañable de Dios

IV domingo de Cuaresma

El evangelista san Lucas recoge la delicadeza con la que Jesús nos llama la atención sobre la necesidad del proceso de conversión y lo ilustra con el ejemplo del padre de la parábola del hijo pródigo, que es la figura que define la grandeza de Dios, el Padre misericordioso (Lc 15,11-24). En este texto se nos pone en guardia acerca de la fascinación de la búsqueda de una libertad ilusoria, del abandono de la casa paterna y de la miseria extrema en la que el hijo menor se encuentra tras haber dilapidado su fortuna… Solo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de humildad y de belleza. No podemos negar que se trata de una escena llena de ternura cuando se ve al padre de estos dos hijos de la parábola, que necesitan reflexionar sobre su conducta.

A los dos hijos les ha faltado el encanto de la fidelidad, confianza y amor, porque ninguno de los dos ha sido ejemplar: el menor ha huido para “solucionar” sus carencias refugiándose en la distancia, mientras que el mayor se queda en casa, sumiso, pero sin amor. Los dos se van a encontrar con los brazos abiertos de un padre que les quiere, les perdona y les cura las heridas de sus vidas rotas. Pero lo más hermoso de esta lección es la fiesta que les organiza su progenitor, para hacerles saltar las barreras de las tristezas, para ayudarles a dejar atrás sus historias pasadas, porque la alegría del encuentro propicia la conversión del corazón. El Padre va cosiendo poco a poco los desgarrones que les ha producido el pecado de desamor, para que luzcan como criaturas nuevas. Dios es así, Dios actúa así, como se transparenta en el mensaje de Jesús hacia los "pecadores"; Dios no lleva cuentas del mal, sino que su empeño es buscar y salvar lo que estaba perdido.

Está claro que Dios conoce hasta lo más íntimo de nuestra intimidad y no está dormido, como dice un himno de la Liturgia de las Horas, el que piense que está dormido, “que salga a la luz y vea, si el mundo es o no tarea de un Dios que sigue despierto”, porque a Nuestro Señor le vemos curando y sanando. Dios nunca se ha apartado de ninguno, no ha estado lejos de ninguno, sino que ha estado trabajando el corazón de cada uno para que, incluso estando en la esclavitud del pecado, podamos abrirle la puerta al arrepentimiento. El bálsamo que ha utilizado Dios ha sido el del amor y la misericordia entrañable, que cura y purifica.

En este domingo podríamos recordar la Bula de convocación del Jubileo de la Misericordia, que puso en marcha el Papa Francisco, para escuchar de nuevo lo que se nos dice de la misericordia, a la que estamos llamados a vivir todos: “es fuente de alegría, serenidad y pazes el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro;… es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida;… es la vía que une a Dios y al hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado”. Y en el número 6 de este documento encontramos la razón para nuestra alegría y para seguir caminando: “Dios será siempre para la humanidad como Aquel que está presente, cercano, providente, santo y misericordioso”.

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