Reflexiones semanales
21 de febrero 2021

La Cuaresma, para renovar la fe, la esperanza y la caridad

VII domingo del Tiempo Ordinario

En esta semana comenzamos la Cuaresma, tiempo especial de conversión y purificación, que nos prepara la Iglesia, para poder acercarnos con el corazón más transparente a Dios. Conviene estar atentos a esta nueva oportunidad para escuchar a Dios en el silencio de nuestro interior y dar el paso adelante para convertirnos con voluntad y decisión. Este año volveremos a contar también con mediaciones que la Iglesia nos propone y que han dado siempre un eficaz resultado, como la Palabra de Dios, los ejercicios de piedad, la recepción del sacramento de la Reconciliación, la oración, el ayuno y la limosna. El Papa nos lo recuerda así en su mensaje: «El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante». El ofrecimiento de nuestras mortificaciones, el ejercicio de la caridad y el ayuno, tal como lo hemos aprendido de las enseñanzas del Señor, nos ayudarán mucho para poder cumplir la voluntad del Padre celestial.

Hace mucho tiempo me contaron un bello ejemplo para interpretar adecuadamente lo que significa el ayuno que Dios quiere y, aunque lo expresara maravillosamente el profeta Isaías (Is. 58,1-8), esta forma de contarlo se hace más asequible: «Un rabino que ayunaba todos los sábados, se ausentaba a la hora de la comida, desapareciendo de la vista de todos. Esto despertó la curiosidad de su gente, que se preguntaban a dónde iría el rabino. Todos imaginaban que, en su tiempo de ayuno, se encontraría secretamente con Dios y como deseaban averiguarlo designaron a un miembro del grupo para que lo siguiera. El espía lo siguió y vio como el rabino se disfrazaba de campesino y atendía a una mujer pagana paralítica, limpiando su casa y preparando para ella la comida del sábado... Cuando el espía regresó, los otros le preguntaron: “¿Qué ha hecho el rabino en sus horas de ayuno? ¿A dónde ha ido? ¿Le has visto ascender al cielo?”. Este les respondió: “No, ha subido aún más arriba”».

Acoged en el corazón la Palabra de Dios y aplicadla a la situación de los que viven cerca de vosotros, en vuestra casa, en la comunidad parroquial, en el trabajo, con los vecinos… y veréis cómo surge inmediatamente la pregunta decisiva para la conversión y para el compromiso vital: «¿Qué tenemos que hacer?» (Hch 2, 37). La Palabra de Dios conduce a la práctica de la caridad fraterna y la caridad te abre las puertas de la santidad. La Iglesia nos pide que valoremos este tiempo, que no dejemos que pasen los días y las horas sin mirar a Dios y a los hermanos, sin distraernos en lo que es esencial para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Sinceramente, creo que tenemos por delante una aventura apasionante, más, cuando sabemos que el ayuno que quiere Dios es «desatar los lazos de la maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los oprimidos…» (Is 58,6); porque, quien ayuna, dice el Papa Francisco, «se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido…; ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba».

La Cuaresma es un tiempo para activar la fe, por si acaso andábamos un tanto “dormidos”, será la ocasión para sentarnos junto a Dios y confiar con la misma fuerza que la Santísima Virgen, diciéndole, «aquí me tienes, Señor, para hacer tu voluntad».

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