Reflexiones semanales
25 de diciembre 2016

Jesús se ha puesto a nuestra altura

Navidad

En esta fecha, la Iglesia celebra año tras año el Nacimiento de Nuestro Señor en Belén. Escucharemos cómo San Juan, en el Evangelio del día de la solemnidad, nos lo explica de una manera especial, nos dice que “la Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba… vino a su casa… Y la Palabra se hizo carne”. Este es un hecho real, lleno de Misterio, porque el Verbo de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros. El nacimiento de Nuestro Señor como uno de nosotros es el regalo más grande que nos hace Dios mismo, una carta abierta de Dios al corazón de toda la humanidad, también es un amplio grito al oído que nos despierta de nuestras rutinas y nos muestra otro estilo de vida, diferente del que llevamos, o del que estamos acostumbrados a ver alrededor. El Señor nos sorprende tanto que rompe los esquemas humanos: os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis una señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,11s). Y Él sigue dándonos señales de que está aquí, en medio de nosotros.

El Papa Benedicto XVI, con su aguda sabiduría, nos ayudaba a entender el signo de Dios, los acontecimientos esenciales de nuestra fe con estas palabras: «Nada prodigioso, nada extraordinario, nada espectacular se les da como señal a los pastores. Verán solamente un niño envuelto en pañales que, como todos los niños, necesita los cuidados maternos; un niño que ha nacido en un establo y que no está acostado en una cuna, sino en un pesebre. La señal de Dios es el niño, su necesidad de ayuda y su pobreza. Sólo con el corazón los pastores podrán ver que en este niño se ha realizado la promesa del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura: “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Lleva al hombro el principado”» (Is 9,5). La Iglesia nos sigue haciendo una apremiante llamada a escuchar, a ver las señales de Dios en nuestro mundo, a ponernos en camino como los pastores para ver a Dios con nosotros, a ver el ángel de Dios, que nos invita también a encaminarnos con el corazón para ver al niño acostado en el pesebre.

Dios no ha roto la comunicación con sus hijos, ni nos “ha retirado los embajadores”, el Señor se hace presente en persona y nos habla al corazón con una gran sencillez, con humildad. Él no viene con poderío y grandiosidades externas. Viene como niño inerme y necesitado de nuestra ayuda. Comentaba el Santo Padre Benedicto XVI: “Dios se ha hecho pequeño para que nosotros pudiéramos comprenderlo, acogerlo, amarlo. El Hijo mismo es la Palabra y la Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance. Dios nos enseña así a amar a los pequeños. A amar a los débiles”. Oremos este año para que el resplandor del amor de Dios nos acaricie el rostro y nazca para todos la luz del amor, que es lo que el hombre necesita, mucho más que las cosas materiales: Necesitamos con urgencia el amor a Dios. Por eso nos dice el Papa Francisco con tanta fuerza que nos pongamos en camino ya, que estemos siempre “en salida”, que “salir de sí mismo para unirse a otros hace bien. Encerrarse en sí mismo es probar el amargo veneno de la inmanencia, y la humanidad saldrá perdiendo con cada opción egoísta que hagamos”.

Deseo que Dios os bendiga a todos y os colme con su gracia. ¡Feliz Navidad!

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