Reflexiones semanales
4 de junio 2017

El Espíritu Santo da la fuerza y la luz necesaria para atender la invitación divina

Santísima Trinidad

Escuchando los textos de la Palabra de Dios, que nos narran los primeros pasos de la Iglesia de Cristo en la tierra, no podemos dejar de admirarnos y de ser testigos de los grandes acontecimientos que se vivieron en los albores de la Iglesia. Todos recordamos cómo sucedieron las cosas y cómo, después de la dispersión de los discípulos y seguidores de Jesús en los días de la Pasión, la Santísima Virgen protagonizó la recogida del grupo en el cenáculo, donde permanecieron unidos y en oración. Prestemos atención a este hecho, porque eso mismo fue obra del Espíritu Santo, tocar el corazón a todos y volver a recomponer a los seguidores del Señor dándoles la fuerza y la luz necesaria para atender la invitación divina. Sucedieron muchas cosas extraordinarias en aquellos días, que pudieron distraerles para que se quedaran en lo externo, pero a la obra del Espíritu se le reconoce por lo que hace en el interior de cada uno. El Espíritu fortaleció a los primeros en la fe profunda, en poder creer y en saber dar testimonio de la Resurrección con firmeza. Pero no olvidemos algo importante, que la oración, también fue obra del Espíritu y esta práctica les ayudó a reconstruirse por dentro y a acercarse a la intimidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. La oración tenía que ser en silencio, para poder escuchar bien a Dios, para despojarse y abandonarse en Dios. El momento fue decisivo, lo primero que aprendieron los discípulos fue a distinguir lo esencial, que no son las palabras de cada uno, sino conseguir callarse para dejar que hable Dios, y así escuchar cómo es el Espíritu el que intercede por nosotros. Orar es entrar en la voluntad de Dios, entender que el protagonista es Dios que actúa en nosotros; es dejarse amar, es mirar a Dios y dejarse mirar por Él.

En el evangelio de San Juan se narra este momento con una solemnidad grande, se trata de la hora trinitaria, donde se siente en lo más hondo de nuestro ser el corazón de Dios Padre, Hijo y Espíritu. El Padre que glorifica al Hijo en la Resurrección; Jesús transmitiendo a los discípulos el Espíritu y su Paz, que les animó a la misión, al coraje de hablar y anunciar y la fuerza para llevar a cabo la evangelización, incluso en medio de las persecuciones. La misión salvífica de Dios se continúa a través de los apóstoles. Todo, después de la Resurrección de Jesús, ha quedado iluminado, Jesús es ya el Señor del Universo; todo ha quedado transformado en armonía, inundado de la belleza de Dios, que nos lleva a ser transmisores de la Paz de Dios.

Hoy no podemos olvidar, cuando celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y su impulso misionero, que es la fiesta del Apostolado Seglar y de la Acción Católica. La acción del Espíritu en Pentecostés garantiza la misma vida cristiana, que es por naturaleza apostolado (AA 1,2), nadie es un espectador, todos somos actores de un programa de salvación trazado por Dios desde el mismo momento de la creación. Estad seguros que hay trabajo, porque la primera tarea es siempre la causa del hombre, centro de la Creación, y promoviendo su dignidad, respetando el derecho inviolable a la vida, porque somos imagen y semejanza de Dios y la vida merece respeto. Otra tarea importante es hacer valer la libertad para invocar el nombre del Señor; además de cuidar y defender el regalo de la familia y trabajar sin descanso en la caridad. Mucho ánimo, amigos. Feliz domingo.

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