Reflexiones semanales
18 de febrero 2018

El dulce remedio de la oración, el ayuno y la limosna

VI domingo del Tiempo Ordinario

Comenzamos la Cuaresma, tiempo propicio para actualizar nuestra pertenencia a Dios, para lograr que Jesucristo ocupe el centro de nuestra vida, para ajustar todos los niveles en nuestra vida cristiana y que no debemos pasar de largo, menos los que nos llamamos cristianos y conocemos bien la voluntad de Dios. Pero, algo hay que hacer, no está bien conformarse con la rutina y la pasividad como estilo de vida. El mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma nos remite a la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium para advertirnos de los peligros que nos acechan cuando nos alejamos de la caridad: “la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero”. Esto es urgente, siempre lo ha sido, pero no podemos dejar pasar el tiempo sin hacer nada. En esta Cuaresma volveremos a oír hablar, hasta la saciedad, de la necesidad de convertirnos al Señor; “conviértete y cree en el Evangelio”, como un signo de entrada en una nueva etapa de austeridad, reflexión y sacrificio. La Cuaresma es un tiempo precioso para disponernos a tomar conciencia de lo que Dios nos ha dado y de lo que debemos ser de ahora en adelante.

Lo principal y propio de la Cuaresma es realizar un esfuerzo de conversión en cuanto miembros del pueblo de Dios, una conversión individual y comunitaria, como tarea diaria para poder celebrar la Pascua. El Papa nos remite a la experiencia cristiana en tiempo de Cuaresma y nos dice que “la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno”. Escuchar estos consejos y vivirlos de verdad nos lleva a una sincera decisión de arrancar todo aquello que nos perturba, todo lo que nos quita la paz, de eliminar de la vida lo que nos aparta de Dios. Convertirse es volver a la alianza, a la palabra de fidelidad dada al Dios verdadero, a mantenerte en su Palabra y en sus promesas. Ya sabemos las consecuencias de una existencia sin Dios y a dónde conduce: sufrimientos, enemistades, violencias… Si Dios no está en medio de nosotros terminaríamos devorándonos, de aquí la urgencia a volver a la Alianza de Dios, a refrescar los dones que nos regala y a recuperar el optimismo propio de la vida cristiana.

En este tiempo es importante abrir el oído para dejar que la Palabra de Dios cale hasta el corazón y ello nos ayudará a ser más generosos, servir como hermanos. Deja que Dios actúe dentro de ti. Nos detenemos en las tres vías que propone el Papa: La limosna, “nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío”. No crean que este estilo de vida nos pierde, todo lo contrario, miren lo que dice el Papa: “cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?”. El segundo consejo es también muy eficaz, el ayuno, este “nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre”. El tercer consejo es también conocido por nosotros, la oración, que “hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida”.

Abrid los oídos y escuchad la voz de la Iglesia en estos días de Cuaresma.

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