Reflexiones semanales
21 de junio 2020

Con Cristo, camina y confía

XII domingo del Tiempo Ordinario

En toda la Sagrada Escritura se canta la importancia de fiarse de Dios en todo instante, siempre, incluso en los momentos de mayor peligro por los que podamos pasar. Es Él mismo el que nos invita a tener confianza. A lo largo de toda la Palabra, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, siempre se repite el mismo mensaje: “No temas, porque yo estoy contigo”. Todos los que han sido enviados a la misión parten con la fuerza y la seguridad que les ha dado el Señor y todos, ante las dificultades, no han dudado en fiarse de Él, lo han sentido como refugio y fortaleza, “bienhechor, alcázar, baluarte donde me pongo a salvo, mi escudo y refugio” (Sal 143). Todos nosotros hemos tenido experiencia recientemente de que el Señor ha estado cerca de nosotros y le hemos invocado una y otra vez con motivo de la pandemia. La fe nos ha ayudado a entender que nuestro Padre ha escuchado las súplicas y nos hemos refugiado en Él, le hemos gritado con todas las fuerzas cuando pensábamos que el miedo quería ganarle terreno a nuestra esperanza: “¡Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti!”. Al Señor lo hemos sentido como poderoso defensor en el peligro, nuestro refugio ante la calamidad, y hemos descansado.

Lo cierto es que en este tiempo hemos descubierto que somos más frágiles y débiles de lo que creíamos, que no tenemos muchas respuestas para lo que nos está pasando, que nos han dolido mucho los que han muerto y solo nos queda la impotencia y nos hemos visto denunciados por la incapacidad. La sabiduría nos ayuda a acercarnos al que nos ofrece seguridad y al que nos puede dar respuestas, porque sentimos la necesidad de ganar en confianza, porque el ritmo de la vida nos hace pasar por muchas tormentas y sufrir muchas dificultades. Hemos comprobado que solos no podemos vencer tanto inconveniente. El ejemplo está delante de tus ojos, te lo ofrece el personaje que se describe en la lectura del profeta Jeremías, que se ha puesto en las manos de Dios, porque ya no puede más, le resulta muy doloroso el ambiente de persecución que sufre y los falsos amigos que le traicionan. Acude a Dios, porque solo en Él descansa, acude al que se manifiesta fuerte y juez justo, porque se hace cargo de los indefensos. La primera lectura de hoy es contundente, porque te recuerda que hay que vigilar los problemas que vienen de fuera y los que puedes crear tú mismo. Cuando suframos desprecios, persecuciones y cualquier contrariedad agarrémonos a la Palabra de Dios, al Dios que nos protege y salva.

En el Evangelio no se descarta que los discípulos tengan persecuciones o pasen momentos de sufrimiento, por eso, la insistencia de Jesús en este tema: No tengáis miedo. Directamente se nos invita a la necesidad de confiar en Dios, que nos cuida y nos protege. Este mismo era el discurso de Carlos de Foucauld a los que se habían puesto en las manos del Señor: “Aceptad pacientemente la voluntad de Dios, dándole la bienvenida a todo lo que suceda. Sufrid con coraje vuestros padecimientos, ofreciéndoselos a Dios como un sacrificio, sufridlos rogando por vuestros perseguidores, ya que son hijos de Dios y yo mismo os he dado el ejemplo de rezar por todos los hombres”. Escuchemos con serenidad esta Palabra y dejemos que llegue al fondo del corazón, nos harán bien estas palabras de Jesús: “¡No temáis a los que matan el cuerpo…!”. Jesucristo nos anima a seguir adelante, que los problemas y las dificultades no solo han surgido en este tiempo, son de siempre, de la condición humana, pero Dios se ha comprometido con nosotros, ha dado la cara por nosotros, sale a nuestro encuentro siempre y nos rescata de todo mal.

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