Reflexiones semanales
4 de marzo 2018

Buscar de nuevo el rostro de Dios

III domingo de Cuaresma

La liturgia de esta semana, por medio de la Palabra de Dios, nos propone buscar los rasgos característicos del rostro de Dios, que lo veremos interesado en acercarse a nosotros para orientar nuestros pasos hacia Él. Lo primero que salta a la vista es que Dios está planteando los pilares de la fe, les está desvelando su protagonismo en la liberación de su pueblo de la esclavitud de Egipto y su intención de establecer unas nuevas relaciones. Dios se acerca a nosotros por medio del diálogo y, desde el principio, nos ofrece pautas de estilo de vida, nos abre los grandes principios de la ley natural para ser reconocido como nuestro Dios. En la primera lectura del Éxodo nos vamos acercando a la irresistible experiencia de hablar con Dios y a la pasión de comunicar lo que nos ha dicho al corazón. Un tema que sobresale especialmente en la primera lectura será el reconocer que te has visto sorprendido por el conocimiento que Dios tiene de ti y que esto te lleva a dar respuestas, porque te sientes protagonista e implicado en su historia de Salvación desde el principio.

Lamentablemente, escuchamos en el Evangelio una experiencia que no nos es extraña, que la condición humana tiene mucha facilidad para apartarse de Dios, para olvidar las promesas de fidelidad y meterse en las cavernas oscuras del pecado. La fiesta de la Pascua que nos enmarca San Juan en el Evangelio, tenía el sentido de dar gracias a Dios por la libertad, por la maravillosa obra de salvación que hizo Dios al sacar a su pueblo de la esclavitud, pero ¿qué se encuentra Jesús en el templo? Que su pueblo se ha olvidado del sentido de esta fiesta y que estaba metido en la corrupción, en un culto sin sentido, en la infidelidad y en la profanación de los principios de vida. Lo que Jesús ha observado es que se ha perdido el respeto a la casa de Dios, que la han convertido en un lugar de negocios y en una “cueva de ladrones”. El templo está llamado a ser casa de oración, lugar de encuentro con Dios. Así es la condición humana de olvidadiza, porque esta misma situación la podemos ver hoy y aquí, pensemos en el hombre moderno, que se ha visto esclavo de tantas cosas, enredado en tantas cadenas y liberado de ellas tantísimas veces… Al hombre moderno le cuesta recorrer el camino que le lleva a contemplar el rostro misericordioso de Dios, no termina de salir de sus “negocios”, de sus rutinas e intereses, la razón que se da es que no encuentra tiempo ni oportunidad para escuchar las palabras de Dios, porque todo es ruido y caos a su alrededor.

¿Qué nos está pidiendo la Iglesia en nuestra época? Que abandonemos la lógica puramente humana para seguir con fe la nueva propuesta de Jesús, echar fuera todo aquello que te aparta de la voluntad de Dios y aprender de Él, que cargó con la Cruz. Los signos que nos da el Señor son claros, son los signos del amor, de una entrega generosa, es el signo de la Cruz. Dios nos pide silencio y decisión para limpiar nuestro interior de los ruidos, los negocios, intereses y cadenas.

La imagen de Jesús en el templo es muy gráfica, hay que facilitar a los que están alejados, a los que andan por el atrio de los gentiles, que puedan tener la oportunidad de escuchar la voz de Dios, pero eso lo debemos hacer con la palabra y con el ejemplo de vida.

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