Reflexiones semanales
17 de febrero 2019

Bendito quien confía en el Señor

VI domingo del Tiempo Ordinario

Ya vemos a Jesús en plena actividad en su vida pública, seguido de mucha gente con necesidad de escuchar a quien les podía llenar el corazón y Jesús lo está haciendo, su fuerza profética, sus palabras de gracia, les llegaban a todos, por eso le buscaban. Él es el buen pastor y no puede quedarse sin reaccionar ante los que andan perdidos y les sale al encuentro para hablarles de Dios, para ayudarles a confiar en el Padre. Lo primero que les dijo fue que se armaran de valor para confiar en el Señor, que no tuvieran miedo y que se pusieran en sus manos, porque estaba observando que la gente andaba como ovejas sin pastor y esa forma de vivir les alejaba de la alegría y del gozo. El Papa Francisco nos ha advertido a los cristianos de nuestra época, que, si nos olvidamos de la importancia del fervor y de la audacia, terminaremos encerrados en nosotros mismos con conciencia de derrota, nos incapacitamos para la victoria y nos convertimos en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre (cf. Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 85). Así no nos quiere Dios, no nos ha creado para esto. En el mismo documento, sigue diciendo el Papa: “hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad»” (2 Co 12,9). La desconfianza en Dios te lleva a la perdición.

Tengamos en cuenta cómo han comenzado las lecturas de esta semana invitándonos a confiar en el Señor, leed con atención el Evangelio donde Cristo explica a sus oyentes la grandeza de la santidad, el enorme regalo de la gracia de Dios. En ese sermón de la llanura, en el caso del Evangelio de San Lucas, Jesús no les impone ser perfectos, pero ya les está dando las pistas para la perfección, servir desde el amor, agarrar la cruz, estar atentos a los que les rodean y necesitan. Esta es la vía de la plenitud, la perfección en el amor. Jesús lo explica con su palabra, pero lo vive con el ejemplo y señala las heridas del mundo que deben ser curadas, porque hacen sufrir a muchos: los pobres, los que pasan hambre y sed, los que lloran, los que son odiados, excluidos, perseguidos o insultados por causa de la fe, por seguir a Jesús…

Los dos evangelistas, San Mateo y San Lucas, enumeran en primer lugar la pobreza, para ser bienaventurados, pero es interesante saber el sentido en el que lo dice Jesús. Lo importante no es tener o no dinero, lo que se nos pide es tener el corazón libre para disponer de él para mejor servir a Dios y ganar la vida eterna. En la exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la santidad, nos dice: “Las riquezas no te aseguran nada. Es más: cuando el corazón se siente rico, está tan satisfecho de sí mismo que no tiene espacio para la Palabra de Dios, para amar a los hermanos ni para gozar de las cosas más grandes de la vida. Así se priva de los mayores bienes. Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedadSer pobre en el corazón, esto es santidad”.

Las Bienaventuranzas no son fáciles de vivir de verdad, pero son el camino de la santidad y hay que trabajarlas bien. No podemos dejar de anunciar este estilo de vida que predicó Cristo, pero no tengáis miedo, que, a pesar de las dificultades, Dios triunfará.

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