Reflexiones semanales
27 de octubre 2019

Aprended de Jesús, manso y humilde de corazón

XXX domingo del Tiempo Ordinario

A nadie le va a pasar desapercibida la parábola que propone el Señor esta semana, aunque la conocemos perfectamente, me refiero a los dos personajes del Evangelio: un fariseo y un publicano. Hasta ahora todo bien, porque el evangelista nos dice que los dos fueron al templo a orar, aunque el problema es el modo de orar. Estos personajes no se dirigen a Dios de la misma forma, porque uno lo hace con soberbia, como diciendo no necesito nada porque soy perfecto; mientras que el otro no levantaba los ojos en la presencia del Señor y pide perdón con toda humildad. Lo curioso es que estos personajes existen en la realidad, existen orgullosos y arrogantes, junto a los que sólo invocan la misericordia de Dios implorando el perdón a causa del dolor de sus propios pecados y limitaciones. Recuerdo un texto del Papa Francisco donde pone en evidencia a los que van por la vida cargados de orgullo y de vanidad creyéndose con derecho de alzarse por encima de los otros, el Papa nos dice que aprendamos el estilo de Jesús: que es “manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,29). El Pontífice comenta en su Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate, 74, que “reaccionar con humilde mansedumbre esto es santidad”.

El hombre humilde, decía santa Teresa de Ávila, ve las cosas como son, lo bueno como bueno, lo malo como malo. En la medida en que un hombre es más humilde crece una visión mas correcta de la realidad. La humildad es la verdad. Pero, atención, es necesario saber lo que supone ser humilde. El Papa Francisco lo aclara: “La humildad solamente puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones… La santidad que Dios regala a la Iglesia viene a través de la humillación de su Hijo, ese es el camino”, asemejarte a Cristo. Pero que nadie se confunda, la humillación no es cosa agradable, dice el Santo Padre: “se trata de un camino para imitar a Jesús y crecer en la unión con él… Esto supone tener un corazón pacificado por Cristo, liberado de esa agresividad que brota de un yo demasiado grande”.

La persona que se deja llevar de la soberbia lo estropea todo, hasta lo más bello que pueda tener. Quien actúa así acabará mal, terminará con todo lo bueno que le rodea, su familia, sus amigos, su trabajo... El soberbio se cree distinto y con todos los derechos, a él no le importa dejar en mal lugar a los demás con tal de quedar él bien, porque él sólo sabe hablar de sí mismo. Una persona así tiene necesidad de que alguien, de los que le rodean y le quieren, le hable al corazón, porque va acabando con la gente con la que vive y necesita con urgencia que su vida sea iluminada por la gracia de Dios. Sabemos que esta aventura es difícil, pero no imposible, es preciso acudir y confiar en Dios, pedirle a nuestro Señor en la oración por estas personas, para que puedan ver que así no van bien, que tienen que purificar sus deseos y sus esperanzas, liberarse de las mentiras ocultas con que se engañan a sí mismos. Esta no es una aventura inútil, puesto que el Señor tiene poder para poner calma en el interior del que vive en la tormenta.

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