Reflexiones semanales
22 de septiembre 2019

Alabad al Señor, que alza al pobre

XXV domingo del Tiempo Ordinario

El Señor nos invita en este domingo a buscar a quien verdaderamente nos salvará y a ser valientes para denunciar todo lo que nos impide ver el rostro de Dios y las cosas que nos están alejando de Él, como son el mundo de los engaños, las falsas promesas, los egoísmos y tantos pecados que oscurecen nuestra condición de hijos de Dios. La Palabra de Dios nos pone en aviso advirtiéndonos de que el afán por las riquezas no salva, no cura, no nos saciará nunca, ni nos dará la seguridad. Ahora viene bien escuchar la predicación de Jesús cuando nos dice que de qué nos sirve tener tantas cosas y amontonar nuestros “tesoros” en lugares escondidos, porque esa no es la solución de nada, porque, aunque nos duela, las cosas terminan esclavizándonos. La solución la sabemos, la hemos oído muchas veces, pero hay que dar pasos para hacerle caso a Dios y entender que nuestra seguridad sólo está en el Señor y el camino para ir a Él no es otro que la caridad hacia los hermanos. La caridad te hace libre, porque quien ama de verdad, no ata.

¡Vamos, decídete, sin dar más rodeos, por ser de Jesús, por llenar tu corazón con la presencia de Dios! El Señor nos conoce y necesita respuestas, disponibilidad de espíritu para cumplir su voluntad. Tenemos que descubrir que entregarse a Dios no es perder nada, al contrario, es ganarlo todo, porque el Señor es el autor del cielo y de la tierra y ha confiado en nosotros dejándonos la gestión de la obra de sus manos, el cuidado de la “casa común”, como dice el Papa Francisco. Si de verdad confiamos en Dios seremos más libres, porque no tendremos la tentación de sacar provecho de nuestras responsabilidades en beneficio propio, ya que conocemos que el Padre Dios protege a sus hijos. Ahora conviene recordar la oración de san Isidoro de Sevilla donde, entre otras cosas, dice: “Tú que amas la equidad suma, no permitas que nosotros turbemos la justicia. Que la ignorancia no nos lleve a hacer el mal, que no nos doblegue el favor recibido, que no nos corrompa la acepción del cargo o de la persona. Únenos a ti con el don eficaz de tu sola gracia, para que seamos una sola cosa en ti y no nos desviemos en nada de la verdad”.

Es cierto que a muchos les cuesta romper con sus miedos, porque piensan que nadie se preocupará de ellos y caen en la tentación de “guardar”, del afán por las riquezas, con vistas a su seguridad. Esto, además de una falta de fe, te hunde en el abismo de la esclavitud, del miedo y, a veces, en la falta de honradez. Por eso, el Señor nos invita a que usemos prudentemente las riquezas, porque son un préstamo que Dios nos hace para invertirlas haciendo el bien, ayudando a los necesitados y para que a nadie le falte lo necesario para vivir con dignidad. Si hacemos las cosas de esta manera será más fácil encontrar las puertas abiertas del cielo.

Lo importante es tener claro a quién servimos, si a Dios o al dinero. Esto nos lo cuestiona el mismo Jesús, porque si amas mucho las riquezas, estas te someten y corres el riesgo de pensar que Dios es para ti algo indiferente o, peor aún, un enemigo a batir. Pero, si tu dinero sirve para ser invertido en ayudar a tus hermanos necesitados, ya tienes el pasaporte para ser ciudadano del cielo.

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