Me encanta esa emoción contenida, la oscuridad del momento, el canto preparado, la vela en la mano, todo en silencio… Y poco a poco la luz va venciendo a la tiniebla. «¡Esta es la luz de Cristo!», canta el coro mientras se encienden las candelas y un mar de luz va inundando el templo; y los ojos, acostumbrados a la oscuridad, van despertando para contemplar los rostros cercanos que vibran con alegría. ¡Cristo ha vencido a la muerte! ¡El Señor ha resucitado!
En la celebración de la Vigilia Pascual hay un momento que puede pasar desapercibido: la renovación de las promesas bautismales. Esas que un día (en la mayoría de los casos) otros hicieron por nosotros y que ahora, desde la madurez y la convicción, volvemos a pronunciar confirmando nuestro credo y renunciando a todo aquello que nos aleja de Dios. Y lo hacemos con la vela encendida de nuevo en nuestra mano, con la luz del cirio pascual, la que nos recuerda que Jesús es «la luz del mundo» y que quien le sigue «no camina en tinieblas» (cf. Jn 8, 12).
Y renovada nuestra fe no podemos volver a casa tan solo con la alegría de la celebración. Somos portadores de la luz que ilumina las tinieblas del hombre y hay tanta falta de esa luz en el mundo: egoísmo, soberbia, guerra, hambre, hedonismo, miseria… Ahora llega el momento de la verdad: ¿Contribuyo yo a crear esa oscuridad o en cambio soy portadora de la luz de Cristo? ¿Llevo su luz o la oculto por miedo o por vergüenza? Ahí está la radicalidad del discípulo de Cristo: ser instrumento de la paz de Dios, poner luz donde haya tinieblas, como oraba san Francisco de Asís; para así ser fieles a nuestra promesa: «¡Yo la haré brillar!». ¡Feliz Pascua de Resurrección!