Seguro que algunos inician hoy sus vacaciones o tienen planes estupendos para este fin de semana; otros tan solo tendrán que lidiar con la rutina de las cosas cotidianas (trabajo, compras, limpieza de la casa, atender a la familia…). Sin embargo, habrá quienes tengan que sobreponerse a una pérdida; aprender a caminar sin su compañero de vida; buscar un nuevo empleo; empezar de cero en un lugar nuevo; asimilar una nueva enfermedad o el desgaste de sobrevivir a la que te ha acompañado siempre; esperar noticias de los tuyos que están desaparecidos… La vida, a veces maravillosa; a veces, simplemente, difícil de vivir.
No quiero que el último artículo de este curso pueda sonar pesimista, no es esa mi intención. Todos los días le pido a Jesús que convierta mi corazón, que me haga más humana, como les decía a los jóvenes el Papa León en Madrid hace unos días. Y es que nuestra sociedad necesita ser más humana, necesita dolerse con el dolor ajeno. Nos hemos acostumbrado a imponer nuestra «santa» voluntad sobre aquellos que están a nuestra merced con tal de sentir el poder (por diminuto y ridículo que sea la mayoría de las veces); nos hemos acostumbrado a la soberbia de creernos omnipotentes por ocupar hoy un sillón con algo de «responsabilidad»; nos hemos acostumbrado a mirar hacia otro lado, a comer y cenar viendo los informativos de televisión con imágenes horrendas de hambruna, guerra, catástrofes…
Si la respuesta de cada cristiano fuera hoy la de un verdadero discípulo de Cristo seríamos capaces de cambiar el curso de nuestra propia historia y de la historia de los demás. Este tiempo de verano, más distendido para la mayoría, es una buena oportunidad de análisis, de conversión para todos, todos, todos. Porque al atardecer de la vida todos, todos, todos seremos examinados del amor.