Nada de «sentido común», amor incondicional

Hay veces (puede que ya lo haya confesado aquí alguna vez) que se me desborda el amor, sí, y me dan ganas de morder a los míos; dicen que eso se llama «agresión tierna», porque nos «apetece comernos» a esa persona por un exceso de cariño que no se puede verbalizar. Y es que nuestra forma de amar y de expresar nuestro amor es limitada. A veces las palabras y los gestos de cariño se nos quedan cortos, ¿verdad?

Y, sin embargo, cuánto amor falta en el mundo. No amor propio, no, de ese tenemos para exportar a todas las galaxias de la creación. Falta amor desinteresado de los políticos al pueblo, de los empresarios a los trabajadores, de los niños hacia los abuelos, del profesional por su oficio, de los pastores por las ovejas… Aunque para muchos pueda sonar cursi, tan solo nos salvará el amor. Por eso, no se puede hallar la paz si esta no está sostenida por el amor incondicional y no por intereses partidistas, eso no es «de sentido común».

Los españoles utilizamos poco el verbo amar, no decimos «te amo», sino «te quiero»; y es cierto que querer implica una voluntad, pero también puede ser una apetencia. Tras su resurrección, nos dice el evangelio de Juan que Jesús le preguntó a Pedro dos veces: «¿Me amas?». Y Pedro no pudo más que contestar: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Todavía no estaba preparado para ese amor incondicional. Por eso Jesús adaptó la pregunta: «Pedro, ¿me quieres?». Tendría que recibir el Espíritu Santo para comprender ese amor incondicional y trascendental que le haría convertirse en verdadero testigo del Resucitado, para poder proclamar comprendiendo el amor incondicional de Dios Padre que tanto amó «al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

Otros artículos

Alegría «parroquiana»

Y a ti ¿qué te ha dicho?

¡Alza la mirada!