Quizás una de las primeras cosas que aprendemos en la vida es a custodiar lo nuestro. Desde que somos pequeños guardamos nuestros juguetes, nuestra ropa e incluso nuestro bocadillo en el colegio. Tenemos como una necesidad innata de tener cosas en posesión.
Conforme vamos creciendo, esta necesidad ya no se limita a las cosas materiales, sino que pasa a nuestros puntos de vista, nuestra opinión, nuestra voluntad… Y todo eso va generando en nosotros pequeñas tensiones que muchas veces no nos dejan relacionarnos con normalidad.
San Francisco y santa Clara descubrieron algo que cambió radicalmente su manera de relacionarse con Dios, con ellos mismos y con los demás. Descubrieron el «sin propio»: disfrutar de todo, pero no poseer nada. Porque, si no tenemos nada, nada tenemos que defender. Y entonces pasamos de vivir defendiendo a vivir dependiendo del Único que nos lo puede dar todo: Dios, nuestro Padre. De este descubrimiento brota una alegría y una paz tremendas, que solo experimenta quien ha descubierto que solo Dios es y lo demás está de más.
Quizás el «sin propio» no consiste tanto en tener menos, sino en necesitar para todo y en todo a Dios. En dejar de aferrarnos a lo que creemos que nos pertenece para poder recibirlo todo como un regalo, como un don.
Este es el gran legado que nos dejó san Francisco, dejar de defender para vivir dependiendo.