Esclerocardía

Esclerocardía, dureza del corazón. Qué listico, y perdón por las confianzas, es el Señor. ¡Cómo nos conoce! ¡Cómo nos ama! Si tan solo le hiciéramos caso, le leyéramos, le escucháramos, le abriéramos nuestro corazón, confiando le dijéramos: hágase en mí…. Todo sería bueno.

Además de en los evangelios, los profetas en el Antiguo Testamento nos lo dicen: el pecado más grave es la dureza del corazón por encima incluso de la idolatría. Me explico, es que cuando tenemos dureza de corazón no hay latido, no hay intención de moverse hacia ni siquiera el arrepentimiento, el corazón no es capaz de abrirse a la misericordia de Dios.

Es una situación muy preocupante porque esa actitud viene de pensar como el mundo, razonar con la lógica humana, en modo terrenal… y ahí es donde nos equivocamos. El «modo Dios» es el remedio de este mal (esclerocardía) tan extendido, tan sutil como el demonio mismo, que su mayor logro es hacernos pensar que no existe.

De la misma forma que nos creemos autosuficientes y poseedores de toda verdad, y no nos sentimos creaturas necesitadas de Dios, Jesús con su «celo», pacientemente una y otra vez nos espera con amor superando todos y cada uno de los obstáculos que le ponemos en su deseo de amarnos. El mismo celo que fortalece a los apóstoles en los primeros años haciéndolos inagotables, incansables ante la persecución, gracias a que se les abrió el corazón.

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