El purgatorio y la misericordia de Dios

Cuando se habla del purgatorio a menudo se piensa que Dios es cruel e inhumano al permitirlo. Esta inquietud lleva a muchos católicos a preguntarse cuál es la base bíblica de la Iglesia para hablar de la existencia del purgatorio.

En el Evangelio se afirma: «Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro» (Mt 12, 32). Esta afirmación de Jesús implica que algunas faltas pueden ser perdonadas en la realidad eterna de Dios, lo cual nos hace pensar en un proceso de purificación posterior a la muerte.

Existen otras citas bíblicas que refuerzan esta idea, como en 2 Macabeos 12, 38-46; 1 Corintios 3, 15; y 1 Pedro 1, 7. Estas referencias subrayan que, aunque se concede el perdón, existe un proceso mediante el cual las almas deben ser purgadas.

El Catecismo afirma: «Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados (…) sufren después de su muerte una purgación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo» (CEC 1030).

La misericordia de Dios garantiza que alcancemos su morada. Pero para ello la persona, no solo no debe tener ningún pecado mortal, ni venial, sino, además, ni un mal deseo, pensamiento o inclinación al pecado, por ello la persona es purificada de la pena temporal, que se refiere a cualquier mancha de pecado y sus consecuencias en el alma.

La existencia del purgatorio no solo es necesaria para alcanzar el cielo, sino una expresión del amor misericordioso de Dios para que alcancemos la santidad.

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